Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Pensamientos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pensamientos. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de julio de 2016

Los gozos, las dichas y sus sombras...



Cada cual, cada uno, porta remendado en algún recoveco de su añoranza uno por uno los deleites, los gozos, las dichas, las vivencias y recuerdos que de la vida ha ido heredando, ha ido saboreando o puramente ha ido anhelando para hacerlos verdad palpable e innegable en un no muy alejado día.
Aparecen de relance aquellos de los que al hacer memoria, nuestros sentidos se ensombrecen, los ojos desean cerrarse y los soniquetes que esbozamos al susurrarlos están salpicados de alegría y regocijo…
 Los hay tan hirientes que cuando paseamos por la magullada herida de su cuita, hasta nos hace daño el infecto veneno que revestían  sus entrañas.
Y los hay que traen hilvanados en su pulcra esencia el paladeo de una fresca realidad…
Sin duda otros se encaminan a extraviarse en la gloria de las ausencias y con una adecuada brazada de ellos uno consigue arrasar la muralla más invulnerable e inexpugnable… 

Y están los que se quedan a tu lado, y de qué manera, ya que son el paradigma de lo que todos precisamos presentir cuando menos en una ocasión en la vida, otra vez cada semana y una vez cada anochecida.
Van siempre con nosotros, percibimos su incomparable encanto desde el inicio de nuestra vida y son el regazo  más sublime cuando ya no brotan más lágrimas que enjugar y todo parece perdido.
 Y es que cuando te avecinas a Ella, te recreas en su gracia, y sigues el cauce que cada lágrima deja en su cara, descubres que el torrente de las duquelas y las ansiedades se amansan y tomas en consideración que ya nada malo puede acontecer.
La cercanía a Ella abriga el arte de acariciarte las entrañas de dentro a fuera y rozarte la piel desde lo más hondo de tus adentros…Es un pellizquito de gracia, de humanidad, de una transmisión de fe eterna…No importa la juventud, la mocedad, la plenitud, la infancia, la niñez…Lo agotado que regreses al hogar o los apremios que la manecilla del reloj siga acaparando en su jaula frágil y cristalina…La cercanía a la Madre es inmejorable en el devenir del tiempo, es exageradamente perfecta, es la certidumbre categórica de que solo Ella es depositaria de nuestra vida entera.

¿Habrá gloria y certeza más cierta que tener en la tierra a La que Dios creó como Madre perfecta?

martes, 17 de noviembre de 2015

"Desde mi ventana..."

No podía dejar de estar allí. Aunque recela para sí que le hace daño. Ya no puede vestir su cuerpo del trabajo que enriquece al hombre, recrear un esfuerzo para transmitir devoción, fe, oración callada en cada chicota, emoción contenida en cada revirá, acariciar el cielo con Ella en cada levantá… Y sin embargo, cada año, fiel a su cita, se encontrara con Ella a los pies de esa rampa empedrá, invadiéndole casi al unísono una tristeza que angustia su semblante y una ilusión recién estrenada, como la de esos revoltosos monaguillos rodeados de sus padres, que llenan de una luz de amanecida sus cansados ojos… Divagaba en cortos paseos su nostalgia. Se sentía un poco solo. A veces saludaba a algunos de los menos jóvenes. Era en estos momentos previos cuando sentía no considerarse uno de los escogidos por Ella.
No podía dejar de estar allí. Entrar en la iglesia. Mirar quedamente el paso recién encendido. Piensa en sus hermanos de hermandad, esos amigos que ya no están y ve sus rostros en el cálido semblante de la que quiso Dios llamáramos Madre. Recuerda las noches interminables de ensayo y de tertulia con cualquier pretexto… ¡Dios mío! Mira a su alrededor. ¡Cuántos jóvenes! Son otros tiempos, se lo dice a su hijo. Detiene ahora sus pensamientos en el rostro tantas veces preocupado de su mujer, esperándolo resignada…
Era su vida. No podía dejar de estar allí. Mira ahora el bello rostro de su Madre bendita. Parece que el tiempo se ha detenido… Sale hasta el dintel, donde están ya formados los primeros tramos de hermanos nazarenos. Ante sus ojos va pasando la cofradía. Algún pequeño saludo, una mirada en silencio. La seriedad de la penitencia.
No podía dejar de estar allí. Ha vuelto a perder la noción y el sentido de la realidad. Pero ante sus ojos un sordo crujido le descubre que el paso se ha arriado justo a su lado. Miradas de alegría y reconocimiento se abren paso entre los antifaces. Las lágrimas vuelven a brillar. Contempla a su Madre en Soledad. Reza sin palabras. Diríase que La llama. Se siente vivir en presencia de su Soledad.
La procesión se aleja y las puertas se cierran tras el paso. No sabe si volverá a vivir este momento. Pero en las entretelas de sus sentidos percibe que no se ha quedado allí, que va con ellos haciendo una nueva estación de callada penitencia.


jueves, 11 de junio de 2015

Causa de nuestra alegría...

En su Sagrado oratorio todavía tintineaba la última plegaria que alguna  ferviente devota entrada en años, de cabellos argénteos recogidos en un esmerado moño y apoyada en su bastón, guardaba en su cansado pero generoso corazón como tesoro que llevar ante sus plantas. La claridad empezaba a acariciar los gruesos mármoles que simulaban cristales de pulcras vidrieras y los destellos abordaban su rostro de terciopelo. La mañana se acicalaba para despabilar a su Reina. La espadaña se entreveía colmada de palomas y en su rosario relucían cientos de esperanzas revestidas de ofrendas.
En aquel momento me encamine a mi rincón eterno, recité quedo, inquieto, la oración más bella…”Dios te salve Reina y Madre de Misericordia…” intentando rehuir su mirada. Más…Ella…Ella me contemplaba, pero en esta ocasión con otro aire… Presumo, sin temor a equivocarme que esbozaba una tenue sonrisa. Un fulgor de humanidad filtraba su apenado contorno. Y es que la advertía sin sufrimiento, sin aflicción, sin insolencias; no le hacía falta su presea, le sobraba su dolor en soledad, sus tribulaciones; no quería encajes, ni broches, ni tan siquiera las estrellas de oro de su índigo tafetán. Simplemente era Ella… albor que asalta las negruras, hoguera que ahoga escalofríos, faro y guía entre tanta alma perdida. Ella, pendiente del rastro de mis descuidos…De mis duquelas. De mis vigilias  a la luz de una vela.
Y así la quiero siempre a mi lado. Cogido de Su mano. Cercano a Ella...la causante de vivir mi fe respirando al amparo de su manto...el motivo para continuar día tras día peleando...el ademán de la dicha que se esboza en mi semblante.
Descendió de su cálida hornacina, izó el decorado de la vida y me destapó la verdad eterna que algún día, en algún momento, en algún lugar perdí, quizás en una madrugada en que el dolor cerró el paso a la esperanza…No pude recitar nada más… puesto que de todo punto estaba ya dictado.

jueves, 12 de marzo de 2015

Lo intimo de la vivencia...

Es ahora… cuando la interminable espera de todo un año se vuelve desvelo. Es ahora…cuando la claridad de los días de cuaresma se tamiza por los ventanales de las aun frescas estancias que disuelven en su ambiente el olor a cera apagada y naftalina incensada. Es ahora… cuando los rincones de mi vida diaria se revisten de sargas púrpuras y enlutadas, nacaradas y añiles, cetrinas y pajizas, esperando su día para vestir una ilusión que vive en la edad de los sueños, esa edad en que todo es posible. Es ahora…cuando todas mis férreas convicciones me abordan en caótico tropel, y me sumergen en un momentáneo y profundo desasosiego… Y, paseo hasta las Templos, allí en donde Dios arrincona los estertores de Su Pasión por unos días, dorados retablos de rancios y añorados recuerdos, y desciende, se pone frente a nosotros, a nuestra altura, para que lo contemplemos, lo percibamos, lo sintamos como esa brisa fresca de la mañana, lo admiremos, y busquemos su mirada, frente a frente, mirándolo a la cara, e hilvanemos una añoranza más con la envoltura de la tradición, del rito, de la usanza, de la vieja pero siempre presente y vieja usanza, en lo más íntimo de nuestros sentimientos, cuidados y pulcros, recién salidos del encuentro con los sentires de nuestra Cuaresma única... Estamos en vísperas cuando esto escribo... vísperas son los días del prefacio de la primavera...vísperas son el memorial de intimidades susurradas en el encuentro del Domingo de Pasión, Ramos adelantados, tarde plena de Gracia y Amparo en los pies benditos de su Hijo Nazareno. Pero que verdad es que nada hay como el momento real y verdadero. Nada como el momento mismo del encuentro, de la vivencia. Un instante que bien vale su brevedad...

lunes, 9 de marzo de 2015

Nuestra Semana Santa

Estamos en el gozo de las vísperas cuando esto escribo. En Cuaresma de vida cuando estas letras vean la Luz de la fe. Todo se une en el Señor y su bendita Madre, la razón de ser de la Semana Santa: el sacrificio por amor de Dios mismo, que Ciudad Real y sus cofrades glosan en la gracia de su cuaresma y en el amor a su Semana Mayor.
Porque…podría contaros que la Semana Santa de nuestra ciudad es ese frío que recorre el cuerpo cuando la luna pinta desalientos sobre los callejones de un barrio perchelero…podría deciros que la Semana Santa de nuestra ciudad es ese silencio de un viernes que derrama Sus Dolores al calor de la luz grácil, palpitante, de unas velas que empapadas de devoción lloran al compás de una oración musitada desde el zaguán del cielo mismo de nuestra ciudad…podría confesaros que la Semana Santa de nuestra ciudad es ese pellizco que acaricia el alma cuando te giras y ves que un palio, encendido de Dolor, viene “mu a poquito a poco” marcando las huellas de tu camino.
Pero la Semana Santa de Ciudad Real, para todos los que pasáis por aquí, es mucho más que todo eso…
Es…el requiebro de un varal al sentir el susurro de la piedra de Santiago y su puerta ojival, añorando viejos tiempos, salidas de una casa de verdad. Es…un sueño de Amor dormido entre hojas de naranjos y azahar, que de nuevo y con andar decidido romperá el silencio del frío rodar. Es… Piedad que muere al compás de un silente y sobrio rachear, rancias filas de negro tafetán sabor a cofradía, olor a viga vieja, entumecida, añejas cancelas de Catedral. Es… la luz derretida que se vierte en los platillos de tu candelería al pasar por el convento, y tu gente te aclama como Reina sin pecado “concebía”. Es… el anhelo de tu mirada escondida, bella perla de Santiago, primorosa consentida, bajo un cielo azul que refleja los dorados del día, rebosante de pureza, Dolorosa, Virgen María. Y… es Reina por la Merced, “malhería” al Coronar a su Dios entre burlas e ironía. Y…es Esperanza de un barrio que navega buscando sus ojos, como faro que a buen y seguro puerto les lleva y en la negra oscuridad les guía. Y…es la Pena que arrastra mi Dios cada Martes por el Carmen, silencio roto por el crujir de la madera, por el compás de una gente buena, ahí viene el Señor paseando su triste Pena. Esta es la Semana Santa que vivimos, la que quedara para las estampas, con la que un día nos harán soñar nuestros hijos y pellizcara lo más hondo de nuestra cansada alma… Esta es nuestra Semana Santa, lejos, muy lejos Miguel, de los reflejos de neón que a Dios y su bendita Madre, nuestra Madre, les asusta y espanta.

sábado, 21 de febrero de 2015

Eterna presencia...

Una foto es ese instante único, irrepetible, congelado en el tiempo... Una décima de segundo engarzada en nuestra retina para disfrutarla toda la eternidad. En nuestra Semana de los sueños  hay estampas que pertenecen ya a la heredad común. Imágenes que por singulares, por difundidas y por lo que en sí mismas evocan o representan podrían componer la mejor colección para la sala de los recuerdos de nuestro particular museo de la memoria cofrade. Hoy escojo esta de mi colección, de la galería de las lágrimas. Porque será difícil que algunos de los que la vean no mojen sus ojos al contemplar que se encuentra incompleta. La presento huérfana, con la ausencia de alguien que hace ya dos cuaresmas cumple sus sueños cerca de Ellos. Aunque David no aparezca en ella para muchos siempre estará ahí con su fuerza, un poco más cerca cada cuaresma, regalándonos fragmentos de una vida corta pero plena, de unos sueños que pronto, muy pronto también serán parte de su historia.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Cuando Dios llega

Una escala de sueños sostenida por la ternura del aliento de Dios. Tu mano, Cristo, nube desnuda que parece llevarse todo el sol que nos une, y, sin rozarlo, hacerlo llover después sobre estos corazones dolidos que van por los senderos, deslumbrados de Ti, para caer en ese hueco tuyo que edifica la noche de los cielos. Un brillo oscuro en que el común origen pone cerco y designio a nuestras vidas.
Tú eres aquí meridiana faz de Pena…humilde y alta cual ninguna… Sobran, pues, las palabras. Mirarte solamente. Miradlo fijamente, interioricemos el silencio de sus pisadas… a solas con mi Dios nocturno…en el tranquilo reino, en el fondo del alma. Silencio puro. Mi Señor camina hacia su muerte…
Una calle de lirios para las calles de su Real Villa… Silencio puro, íntimo, sincero. Silencio para reconciliarnos con nosotros mismos. Solo Dios puede, de la materia, hacer brotar el espíritu. Creamos eternidad en cada una de nuestras imágenes. Este es el poder maravilloso que Dios concede a nuestra ciudad. Y está en nuestras manos. Ciudad Real transformando nuestro pobre tronco humano en imagen de lo divino. Vuela entonces el ala de un Ángel sobre la niebla de nuestra mediocridad. Nuestro corazón tiembla de sobresalto. Un hombre que aún es joven se va muriendo arrastrando una cruz por nuestras calles. Martes Santo. ¡Cuánta Pena en su rostro! Simón de Cirene le acompaña.
Y llueven sangre nuestros cirios oscuros de amigos con capirote enlutado, Semana Santa de la ciudad arrepentida, lágrimas de temor por la ciudad alegre y confiada que cierra el puño vergonzante y tapa sus oídos al clamor de los pobres.
Perdónanos Señor de las Penas, imagen de nuestro corazón, que cuando estas en la calle, cuando apareces ante este pueblo mío, al que amo y Tú amas, uno comprende y siente el gozo mismo de la eternidad. Porque Tú has querido que sea aquí, en esta ciudad, al amparo de esta cofradía, donde cada uno de nosotros haga el milagro de crear tu rostro divino a imagen y semejanza de la gloria que soñamos.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Momentos




Y en aquel momento, en lo más íntimo del sentimiento, celado y pulcro, recién salido del encuentro con los sentires de nuestras devociones únicas, llegamos a la conclusión de que preferimos, muchas veces, los momentos hondos, penetrantes, como vivencia más sosegada, placentera y pausada de todas nuestras cosas. Momentos son... esa mañana fresquita y refulgente, radiante, azul aun de invierno, que adivina como a lo lejos se aproxima la cruz con manguilla que precede a una imagen de María en rosario de dormidos albores. Son los días del preludio de la primavera. Momentos son, el memorial de intimidades susurradas en el encuentro del Domingo de Pasión, Ramos adelantados en las manos de una Madre de Misericordia plena y en los pies benditos de su Hijo Nazareno. Tarde de jardines verbales, de presentido y esperado Pregón, del nervio y la caricia, del pellizco y el aldabonazo. Momentos de, túnica colgada ya fuera del altillo, olor a esparto por las habitaciones, o el del encuentro con el amigo que trae su capirote nuevo ya forrado con el antifaz. Momentos… que se adelantan en el tiempo en la medida que uno sienta necesidad de vivir, palpar el futuro como algo actual, cuando aquel "todavía no" toma presencia de categoría vital que casi sustituye al "ya sí", con la diferencia de que no se te escapa.Todas estas disquisiciones se me ocurren en el propio momento. Pero que verdad es que nada hay como el momento real y verdadero. Nada como el momento mismo del encuentro, de la vivencia. Un instante que vale bien su brevedad: la saeta sorda de cualquier mirada perdida entre varales; el balanceo de un simpecado; la rotunda palabra de un friso de lirios; la voz seca y recia del capataz; la alargada sombra de una Cruz de Guía; la mirada de un nazareno; el ímpetu formidable de una levantá; del cansancio del penitente que llora la brevedad de su encuentro con Dios. Un intemporal viaje a la Gloria de los ojos de la Madre, en cualquier esquina, en cualquier momento, con el sonido de fondo de una marcha que suena celeste; de la sombra de Jesús Nazareno abrazando mi propia sombra, en el encuentro tan anhelado en un trecho embaldosado de su camino de la Cruz, por la Vía Dolorosa hacia el Gólgota ciudadrealeño.

 Porque hay un encuentro con Dios todo el año y como no, en Semana Santa. Un encuentro único, exclusivo, personal como el Amor de Dios a cada uno. Y este encuentro sí que no tiene víspera, ni momento, ni final, puede vivirse permanentemente, desde que descubrimos cada cual que el  Señor nos llama, nos está esperando, y aguarda nuestra respuesta.

jueves, 9 de octubre de 2014

La grandeza de nuestras pasiones

Abrazando el embrujo de nuestras devociones como si fuera la divina cruz a la que con infinito poder se aferra para salvarnos, nuestra existencia acontece tan apresuradamente como el agua de la reguera en busca de su suerte final… mientras, removemos las láminas de nuestras más íntimas adoraciones, evocaciones en cuartillas de papel desgastado con las que levantar un templete con claras reminiscencias a protecciones rogadas y conferidas. He detenido mi recorrido sentimental ante la imagen de sus más rancios y venerados fervores, que es el trastero de mi pensamiento, y ahora, no sé resurgir de la negrura de los sollozos. No me hago a faltar a esa oración que roza tu talón desgastado de tanta fe, donde cincelaste los pasos de mi credo con las pisadas sobre tu calvario al andar. Ya no hiede al gélido de tu templo. Ni se oye el rezo quedo, sordo de tus hermanos mientras hermosean tu poderosa e inigualable presencia. Ni mis pasos retumban tan íntimo. Cuando me descubro ante el ejemplo de tu sufriente y resignada Cara, sólo puedo vislumbrar mi confesión, mi propósito de enmienda y mi penitencia… y, a que ocultarlo, mi Salud, y mi Amor, y mis Penas. Y mi Gran Poder, que eres Tú.
Te extraño tanto en la liturgia de la media luz... a solas, mientras, el frío y el albor que está por llegar sacuden las almas y despiertan nuestras más enraizadas y emotivas rogativas, me reconforta desenterrar que yo sin más, he alcanzado a soportar un ascua fugaz por el mismo trayecto por el que Tú fuiste llevando día a día todas mis suplicas y cansadas cruces. No me veo en el reflejo de mi oscuro espejo, no me alumbra la luz de tu escondida y sin par mirada, claridad en mi enlutada historia. Pero pronto una túnica de tafetán cárdeno en la plaza, volverá a perdonar mis pecados. Y me consolara en esta vida y en su muerte, dejando mi devoción a la intemperie.

jueves, 28 de agosto de 2014

Sigo oyendo su voz


Desde que se inauguró esta semana y el azul de su mirada se retuvo en mis pupilas, exageradamente dilatadas e inundadas de unas lágrimas rancias de aguantarlas para no perder un pellizco de su belleza sublime de mujer manchega guapa, no puedo dejar de recordar a una de sus más grandes y fieles devotas, que empezó a inculcarme sus más profundas piedades y sus más íntimas convicciones ya cuando dentro de su vientre percibía el sonido de las cuentas de un rosario deslizándose entre sus gastadas manos, y un silencioso rezo frente a la que desde su camarín nos cuida y protege retumbaba hacia sus adentros.
Aquella mujer, madre de una numerosa familia y a la que el Señor llamo a su presencia demasiado temprano, me infundio entre otras muchas cosas, a vivir el cristianismo y a vivir la Semana Santa, las glorias, las tradiciones, las devociones de nuestra ciudad. Digo a vivir, sí. No a ver, ¡a vivir! Como me inspiro a vivir la Cuaresma, y el Adviento y la Navidad. Me grabo a fuego, que a Dios no se le ve: a Dios se le vive. Se le vive en cosas tan simples como puede ser montar con esmero el Belén el día de la Inmaculada, en cosas tan simples como agradecerle la comida diaria. Me contagio a vivir el amor a la Virgen: “Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea..." Y su personal modificación de la Salve: “…a Ti suspiramos gimiendo llorando Y RIENDO en este valle de lágrimas y de ALEGRÍA…”
A vivir la Semana Santa. A entender la catequesis de cada imagen, de cada olor, de cada sonido. 
Aprendí a oír el silencio en la calle Estación Vía Crucis, uno de sus rincones favoritos, al paso del Señor de la Buena Muerte y su Madre del Mayor Dolor. Ante ese paso del Cristo del Silencio, pongo y escucho ahora de boca de mi madre las palabras que San Agustín le presta: “La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado”. 
Te siento junto a mí y reconozco tu voz en cada oración que su belleza me inspira.

jueves, 14 de agosto de 2014

Una ciudad, una Madre, una sola fe.

Grano a grano se fue aclarando la mañana. Su eterna presencia y la cercanía presentida, se paseaban con el aire fresco, particular, único de esta ciudad cuando tercia el mes de agosto. Un agosto celeste y  lleno de luz, despabilándose casi en las mecedoras del aire, que trasnochan en las puertas de las casas de nuestros barrios. Una ciudad plena de  esperanza, esperanza en toda la extensión de la palabra. Llena toda ella de una mirada añil, intensa, maternal y alegre como seguidilla manchega, dejando claro con su letra: “la Patrona del Prado es Capitana de las siete banderas del Rey de España”,  que bien descrita su realeza. Su bocanada de fe, y la esperanza que siempre sigue viva en Ella.  Por eso es diferente y distinta en todo, en su cara morena, en la finura del tierno abrazo de sus maternales manos, en su amor, en su dulzura, en su niño, que eterniza esa infantil sonrisa recordando los bailes al pie del ventanal de su cobijo, y en el trasiego que alcanza a suscitar con su cercana estampa en el transcurrir de los gozosos días sobre la filigrana de su paso de plata. Y nos mantiene en la esperanza. Y surge la oración que se transforma en cántico. Su himno, de estilo sabio y alentador se hace cómplice con la exquisita y natural candidez de su hermosura. Y ahí, quedaran esas estrofas cantadas con el fervor de sus vecinos, para gusto y regusto,  que se duermen en los brazos de tu eterno silencio. Sueños de devotos, con tus miradas de Madre bondadosa.
 Y esa mañana, fue dando tranco al día, las horas pasaban dejándose caer en los brazos de una tarde, que de azul se teñía, para parir una  inmensa noche con frescura que adormece los sentidos. La anochecida aparentaba abrigar más estrellas si cabe con su gloriosa presencia. Fue por los antiguos jardines de su casa prioral remozada, una Catedral, no cabe menos para nuestra vecina más venerada, más bienaventurada. Esa noche, la primera de cada año que nos damos la mano en un cariñoso y ferviente envite sobre tu paso, para luego fundirnos en una Salve de cariño, respeto y admiración sin medida. Figura de Reina sin igual, estirpe palpitante más que nunca de una fe que en tu pueblo rebosa. Majestuosa en todo, de pura, de lozana, de guapa y de hermosura serena, sumisa aceptando la voluntad del Creador. Ante Ti se embelesa toda poesía, a Ti que te han cantado tantos poetas… “y  se ahoga el trigo en el campo,  porque no lo llevan a ver tu cara morena en el Prado “. Y  te canta el atardecer, y te canta el pajarillo, recordándonos tu sublime realeza, te canta también la  estrella, y la rosa, que fue por Ti a la orilla de la fuente y su pétalos mojo para estar aún más bella y fresca, y de su tallo se separó dulcemente para sucumbir en tu sublime presencia...Eres Tú el cielo azul, donde duermen los blancos luceros, donde vuela el verde mar de mis desvelos. Y es que Señora contemplando tu imagen fina como una acuarela, tu manto abierto como un abanico, sonora te haces como el viento entre las pámpanas de nuestras cepas y que abraza las ramas de nuestros olivos en los campos de tu tierra, Capitana de nuestra nave se hace cuando le cantan: “Santa María del Prado Reina de Ciudad Real”. Y es que Ella hasta levanta el mundo, da sentido a nuestras vidas y nos descifra los misterios de la fe aventajando a cualquier catedrático. Nuestra Madre del Prado, donde se miran el aire fugitivo y las altas estrellas. Estrella sin noche, sin cielo, sólo sus dulces brazos, para tu cuerpo tierno.

 Me gusta hablarte así Madre, empobreciendo el bello oficio de los poetas, eso me puede y puede conmigo. El respeto me lo das Tú. A esta hora, me gustaría seguir cantándote, pero… ya te despides de mí. ¡Qué día, Señor! Nuestra Virgen del Prado paseándose con sus mejores ajuares y su Niño de la mano por la blanca y llana ciudad de reyes, de cales  y  geranios. Hay tanta hondura y verdad en la fe sencilla de sus paisanos como en el agua de noria, clara y fresca que riega nuestras huertas,  donde se miran el aire fugitivo y las altas estrellas… y es ya cuando se mezcla la sal con el agua, y la luna se viste piel morena, y va cayendo la noche,  mientras yo medito, y canta el pajarillo, pajarillo canta, no dejes tu oración,  presa en tu garganta. Luego, Madre  te soñaría, sobre una charca de lluvia colmada de estrellas, repleta de sueños azules como tu mirada al viento, como tus ojos de cielo, y una luna...una luna nueva de agosto que al compás de campanitas se va meciendo.

martes, 22 de julio de 2014

¿Que es para ti la Esperanza?

Quizás te haga mas falta que nunca y por eso la sientes con ahínco... Quizás Ella lo sepa, -no, quizás no, seguro que lo sabe-, y por eso nos envuelve sobremanera diciéndonos: "aquí estoy para lo que tu quieras", y yo también Madre... Echando al viento la quintaesencia de nuestras devociones como si fuera el bendito pañuelo que sujeta en sus manos, la vida se nos pasa tan precipitadamente como gotas de rocío que rebosan su candorosa mirada en busca de su destino final, mientras jugueteamos con laminas gastadas de tanta nostalgia en sepia a montar un altar de recuerdos. He detenido mi recorrido sentimental en el templo de mis más rancios y venerados fervores, que es el trastero de mi pensamiento, y ahora, no sé resurgir de la sombra de los gemidos y lamentos. No me habitúo a dejar de oír los golpes de tu rosario al andar, con ellos grabaste los procesos de mi fe. Ya no hiede al gélido de tu templo. Ni oigo el rezo de tu gente, lleno de Esperanza mientras hermosean tu  celestial presencia. Ni mi paso retumba tan íntimo. Cuando me descubro ante el espejo de tu Cara, sólo puedo vislumbrar mi confesión, mi propósito de enmienda y mi penitencia… Son las cosas de la Virgen...y, a que ocultarlo mi Esperanza, que eres Tú.

miércoles, 9 de julio de 2014

Ese COFRADE...

...cofrade que desde el ventanal de su casa casi se aventura a tocar la espadaña de la capilla de sus amores y que frente a su puerta embocaba la callejuela que le conducía cada mañana a un Prado realidad de marianas apariciones. Cofrade que habla  de un convento por las Terreras como si de su propia casa se tratara y que le duele porque lo están dejando que caiga en el olvido y abandono de los rezos y las rancias devociones. Cofrade que sabe colarse en San Pedro la madrugada del miércoles de silencio, atravesando multitudes, para presenciar “desde dentro” la salida de una cofradía que rompe el bullicio  con el racheo de cadenas y cruces, penitencia que perdura en el tiempo. Cofrade que comprende la altivez de ese rostro entero del Jesús Cautivo en su Prendimiento y la silente punzada que produce el Nazareno hacia la madrugada en su transcurrir por el convento, y el interminable rosario de cipreses nazarenos del Señor de las Penas entrando en el Carmen a compás de sonidos de otros tiempos, noche única y día único el del Jueves Santo, cuando los hermanos de la Dolorosa, en el oleaje humano de su plaza, de su barrio, de su gente que continúan resistiendo el Dolor que sobre un palio de estrellas y plata mecen con suave y amoroso vaivén los pies de esos hijos que todo cofrade quisiéramos ser.

sábado, 17 de mayo de 2014

Nazareno de la Penas...

Una calle y dos aceras. La noche derrama su palio bajo una negrura incierta. Una silueta firme, rebosante de evocaciones y vivencias recién consumadas va caminando sola. Solitaria y penitente, transitando por el margen de una calle plena, hace nada, por la Pena de su Dios. Segura, arrogante, paso serio y cosa seria, pero para nada descompuesta, que para descomponer sus hechuras  hacen falta ignominiosas burlas, y de eso, sabe ya demasiado, que por los años que cumple, ya ni le queda madre ni siquiera abuela.  Qué más  da  lo que piensen algunos. Qué más da,  si la moda de hoy, se aleja de estos gestos, de esta manera de sentir y vivir la fe. Siempre quedará alguien qué  la viva así, que la arrope, que la acune y que la quiera.
Que los tiempos pasan, que pasen. Que la moda viene y va, y, cuando vuelve, llega con más fuerza. Pero el nazareno sigue caminando, y ni el mismo aire lo retiene. Con paso firme, con fe y sin tristeza. No pretende, ni quiere caer, solo levantarse y proclamar que la Pena de Dios es una realidad y que en pocos días una Pascua vivificadora dará sentido a esa penitencia que entre dos aceras hace unas horas y alumbrando su camino él ha revivido.
 Si lo señalan, que lo señalen, qué más  le da, otra pena  más para su Pena, que ese día llegará, para rendirse a sus plantas, quererlo y servirlo como  Rey de la humanidad. El bien lo sabe y ese bien  hasta lo consuela. Y por todo eso, se viste purpúreo el cuerpo, de azabache  la testa y se ciñe de esparto con correas nuevas. Tiempo al tiempo, y sigue caminando con figura de silencio. Calle arriba, paso a paso sin molestias ni ningún esfuerzo. No hay traspié que lo detenga, se recorta su figura con cortinas de incienso y canela. Se siente majestuoso, sin trémulos pensamientos que llegan.
Y sigue caminando, que nada ni nadie lo detenga. Paso firme, figura inhiesta. Tiene  que  cumplir su penitencia, y en eso es lo que piensa. No va descalzo, no. Ni recorrerá otros caminos que no lo entiendan. Porque la disciplina es él mismo, es linaje y es bandera.
Y siguió caminando, meditando una y otra vez sus pensamientos, llegó. Llegó al final de su estación, de su cita con Dios y con su Pena y rezó, rezo todo lo que quiso pretendiendo aliviar el peso de una cruz que al Calvario lo lleva.
Y se llenó de escalofríos, para fundirse en la madrugada y en la plazuela del suspiro. Luego se escuchó otra voz que salió de entre el olvido. Sonaron cantos quedos  cortando  el silencio como aleteos silenciosos de angelitos, la noche se columpió  en el aire con aroma de lirios, vainilla, canela y el de las flores de una clausura perfumada de  jacinto.
Ha llegado de nuevo al Carmen tu Pena, Silencio Dios mío en la soleá de las noches de Martes con luna llena.
Y siguió el nazareno meditando sus penas, avanzando en sus pazos, la voz no llegó al silencio. Continuó  con majestuosidad su camino, nazareno del Señor de las Penas.

viernes, 21 de marzo de 2014

La estación de los sentidos...

Entramos en las vísperas del paladeo de nuestros más inseparables sentimientos, convivimos con los rituales próximos a la fiesta, estamos a la espera de esa especie de milagro anual que se produce en nuestra ciudad cuando “Dios esta azul” y tierra y cielo anuncian ya un despertar a la alegría.
Porque hay algo que, sin nombrarse, parece estar cruzando por la mente de todo nosotros, de la ciudad y de los pueblos que la abrazan. La sensación de fiesta que hay siempre en nuestros ritos más hondos y en nuestro sentimiento de la Semana Santa.
Más aún. La Semana Santa como gozo, como celebración de una gran fiesta que compromete el comportamiento de todo un pueblo. Liturgia popular, colectiva de profundas y viejas raíces vivenciales.
Ese sentido festivo del culto greco-romano y su carácter de generalización entre los ciudadanos, la afirmación festiva, consiste en que “el sujeto mantiene una relación esencialmente afirmativa con su dios”. Relación que aquí se extiende al mundo que nos rodea, ya que la fiesta es también afirmación del vivir, afirmación colectiva de una relación cultual entre Dios y el mundo (en nuestro caso entre Dios y Ciudad Real) y que se manifiesta en la ruptura de lo cotidiano, alejándonos del peso habitual del trabajo rutinario o utilitario, para recrearnos en lo inesperado. Esto es, todo aquello que hace posible lo que durante el resto del año resultaría imposible. Dar a estos días una significación distinta, insólita, de regalo humano y divino al mismo tiempo. Se es capaz de hacer algo “insospechable”.
Caminar incansablemente, cargar con una cruz durante cuatro o cinco horas tras el “paso” de nuestras imágenes titulares, no dormir, ponerse un costal bajo las trabajaderas, aguantar a pie firme en una esquina solo para ver por un instante el resplandor de una candelería o el perfil de una Virgen en la plata blanquísima de una pared recién encalada, la oscura voz del cante de una “saeta” que nos pone un sollozo en la garganta o la sombra de un Cristo perfilándose en las duras aristas de la luna junta a las espadañas silenciosas, escuchar el silencio que la ciudad no tiene normalmente, dejar que el tiempo y la materia adquieran un sentido distinto de relación más fecunda y creadora, construir el tejido de los sueños con la materia de la propia vida y dejar que el tiempo sea, a su vez, la vida y la materia de nuestros sueños.
Sí, es la felicidad de haber sido creado y de estar aquí y ahora en este instante, el gozo de saberse vivo para ver, o más aún, para participar en la belleza esencial de estas cosas, que en el fondo e incluso sin saberlo, no es más que victoria de la vida sobre la muerte, motivo grande, por tanto, de alegría. Esta ciudad de los siete días iluminados es un verdadero don, un regalo de la naturaleza y de la historia, algo que va más allá de la organización humana. Algo que se nos da, que es gracia, que es como un encuentro feliz, no por esperado menos sorprendente, ya que siempre es distinto aunque tenga apariencia de ser lo mismo. Cada Semana Santa es “otra”, es “nueva”, siendo la misma. Porque para el partícipe de la fiesta, la fiesta “es él mismo”, está en él, en su visión, en su vivencia. Y él, tú o yo, este año ya tampoco somos los mismos del año pasado, como no seremos los mismos del año venidero.

Innegablemente, cada primavera, cada cuaresma, cada Domingo de Ramos es, de algún modo, el “primer” Domingo de Ramos; es el gozo nuevo, una “nueva” Semana Santa, sin ayer y sin mañana, “todo presente”. De aquí, también su difícil captación para los que son ajenos a nuestro universo cofrade, ajenos al sentido ritual de su estructura comunicativa. Los que ignoran y no entenderán jamás su código sentimental, sus claves sensitivas.

jueves, 27 de febrero de 2014

El rostro de mi esperanza...


Ella, tapiza mis tardes con callejones salpicados de virutas de notas musicales y barandas de oraciones de caramelo, donde aferrar desabridos dolores, manjares que se esconden bajo una planta de adulto pero que aún visten pantalón corto de cuadros, para compartirlos en el escalón de tu capilla cuando la primavera refresca los sueños.
Ella, es la respuesta a tantos por qué, la razón para volver siempre a su casa, el portazo que se da la soledad en la frente al golpearse los nudillos sobre mi puerta.
Ella, es un todo donde nada me falta; es el acento al compás de mis palabras; es ese brazo que jamás me abandona.
Desde ese día, en el que grabaste tu imagen en mi retina llevo hilvanado su nombre a mis costuras, sabiendo que es su mano entrelazada a ese rosario la que impide que mi cabeza se agache; sabiendo que es su voz la que me susurra nanas cuando el dolor me aprisiona; sabiendo que son sus alas las que juguetean con mis repelucos cuando todo a mi alrededor permanece inmóvil, sabiendo que nunca me falta su Esperanza.


jueves, 5 de diciembre de 2013

En la gloria inmaculada

Desde los ojos de la melancolía, la contemplación y la intrusión en ese universo único que es el convento de las Hermanas de la Cruz produce un extraño aturdimiento, como un agolparse dentro de sí imágenes y vivencias eternizadas con el paso y el devenir de los tiempos y que siguen formando parte de la historia personal y cristiana de uno mismo. Se te agolpan dentro, iluminando con su abundancia sentimental los vacíos que produce nuestra  terrenal y pasajera vida, llenando de verdad y de verdades el instante que parece detenerse en un gesto amable y de invitación de una de las Hermanas, o en el angelical rezo de otra de esas “palomitas blancas” recordándote de pronto, con la ausencia forzosa de los seres que amamos, el padre, la madre o la hermana que lo llevaron a uno de la mano a rozar con los labios la cruz que pende al amparo de sus gruesos hábitos… la vida misma recortándose a contraluz en el Cristo que reparte la Caridad que llenan sus vidas, Caridad crucificada, Buena Muerte, Nazareno, Piedad, Penas carmelitas, Dolorosa que abre su sombra en cales de convento queriendo guardar entre sus manos todo, asumiendo todas las muertes reflejadas en su rostro. Allí, en la mirada perdida de sus ojos van perdiéndose también sombras amadas y recuerdos, sentimientos, emociones que volverán a encontrarse definitivamente, así nos lo hace sentir la estancia entre las paredes de ese cielo en la tierra que es su convento de la Cruz, en la Casa de todos, eternidad de eternidades que en esa casa perchelera de nuestra ciudad parece culminar, para siempre, nuestra historia y nuestro cielo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

María, la esperanza en Jesús

El mes de diciembre es para todo el orbe cristiano la época del año en la que los discípulos de Jesús nos preparamos para celebrar la venida del Mesías, tiempo de adviento en el que poco a poco nos vamos acercando al encuentro del Dios-Jesús que hecho hombre se asemeja a nosotros en todo menos en el pecado.
Es por tanto imprescindible tener presente en este tiempo de espera el reencuentro con Dios, esperanza que se transforma en porvenir que será una patria mejor, es decir, celestial, la vida eterna en la que el hombre será semejante a Dios.
Y María supo esperar y acepto con total humildad los designios del Señor, “…hágase en mi según tu palabra…”, los cuales eran incomprensibles para ella pero que al ser determinación divina no dudo en hacer suyos. Es esta esperanza en el reencuentro con el Padre la que debe mover al cristiano y empapar toda su vida.
Reencuentro que aquí en la vida terrena es estar junto al hermano que te pide le tiendas la mano para superar el destino que le ha tocado vivir.
Y es precisamente esta esperanza en la vida celestial la que nos inspira a continuar nuestra labor como cofrades, a ser punto de apoyo de futuras generaciones y a hacer posible la autenticidad de la palabra Hermandad.
Esperanza en unos aciertos y errores comunes que hacen que las Hermandades vayan superando día tras día sus designios. Esperanza que se transforma en amor y comprensión cuando nos acercamos a la Santísima Virgen y ante sus ojos misericordiosos le decimos “Madre mía”. Esperanza que debe servirnos de baluarte y en los momentos de crispación o angustia ser nuestro sostén y ayuda. Esperanza que junto con fe y caridad se convierte en el eje central de la vida del cristiano, ya que con fe llegamos a Cristo que nos pide caridad para con el necesitado y esperanza en una vida mejor que algún día llegara.
Vida que debe empezar aquí en la tierra y que tiene que ser ejemplo claro de compromiso cristiano, pero no un compromiso vacío y sin contenido, sino todo lo contrario, lleno de verdad y entrega al otro, que es Jesús presente en cada uno de nosotros. Vivamos este mes de diciembre en particular y todo el año en general con la esperanza de que el Reino de la Luz y de la Paz llegara pero debe empezar su gestación aquí en la tierra. Y…no olvidemos la humildad de un Dios que nacido en un pobre pesebre supo entregarse a los demás.

martes, 26 de noviembre de 2013

Lo realmente importante...

Desde la más pura humildad y con la extrema ignorancia que poseo  en cuestiones con este trasfondo…creo adivinar un cierto avergonzamiento de nuestra condición de cofrades, pero sobre todo de nuestro sentir como cristianos. Los hechos que diariamente saltan a la luz en referencia a nuestro mancillado mundo de la Semana Santa no hacen sino alimentar un caldo de cultivo que da razones más que sobradas para que todo aquel que nada tiene que ver con él, aproveche para lanzar su crítica, sin detenerse a valorar a ese porcentaje que realmente ama y siente pasión de verdad por esto. Pero hay algo que es más grave aún, los que se jactan de un ateísmo que ni a ellos mismos los convence, ven en esto otra fisura más en esta casa fuerte que debe ser la Iglesia, y aprovechan para propugnar un mal llamado estado laico –ignorantes-.
Creo que estamos confundiendo, una vez más, y ya van desgraciadamente muchas, el fondo de todo lo que significa ser cofrade, ser hermandad, ser hermanos, con las formas, y no solo por hechos como los que llevan acaeciendo desde el pasado mes de junio, sino por toda una trayectoria que dura ya varios años, en la que se da más importancia al solo de corneta que a la oración callada de una cofradía en silencio, se persevera en sacar un paso a costal y se dejan a la improvisación los cultos al titular, se ponen en la calle cuerpos de acólitos en los que en el mejor de los casos algunos de sus integrantes recitan el Padre Nuestro como soniquete obligado… Hemos dejado de lado lo importante, convirtiendo en dioses de barro nuestras devociones, nuestras imágenes, nuestras propias vidas.
Creo que no somos conscientes del daño que estamos haciendo a nuestro querido y apasionante mundo, creo que damos demasiada importancia a comentarios injuriosos escondidos bajo la más ruin de las cobardías, tachadura tras tachadura soportando ultrajes, agravios y menosprecios de quien no tiene otra cosa que hacer que meterse en la casa del vecino, en lugar de arreglar la suya.
Mirémonos, hagamos autocrí
tica interior, de puertas hacia adentro, y arreglemos lo realmente importante: casas de hermandad vacías, cultos anclados en el pasado, inexistentes o en la mayoría de los casos indignos de una imagen sagrada, nula asistencia de hermanos a estos, actitudes escasamente cristianas en las alturas dirigentes, escasa o nula formación, caridad reducida a cheques traicioneros, cofradías sometiendo a hermandades… Dónde las sonrisas… Dónde el buen esfuerzo… Dónde la felicidad… Dispénsenme si digo que me avergüenzo…pero el día que coloquemos a nuestras imágenes y a nuestras creencias por encima de todo lo demás… Ese día… Quizá hayamos descubierto lo realmente importante.