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sábado, 16 de julio de 2016

La ciudad y sus tiempos



Es el tiempo de la Virgen del Carmen, y el inmaculado de su mirada ha cuajado un cielo de ilusiones y ausencias sobre el siempre ansiado horizonte del aguardo. Para los creyentes, la intención última de las súplicas comenzará a pasear por la vereda de los labios al presentir la gracia de la Madre del Hijo de Dios gloriando los rincones de su barrio.
Y para esta ciudad... Para esta ciudad es una intimación con los duendes de la tradición, con las raíces de nuestros más hondos ritos, con la liturgia de nuestras tradiciones más rancias y así  atemperar los pellizcos de esa bocanada de nostalgias, esas que perfilan con encaje y bordados los sentidos al esbozarse la luna clara.
Dispondrá en blanco las alforjas de las leyendas para que la añoranza rotule  con arrullos aquello que hallarán los nuestros cuando los años se revistan de recuerdos tiznados de historias contadas al amparo, siempre a su amparo de Madre de la Divina Gracia.

martes, 15 de julio de 2014

Las vísperas de una devoción...

Queda lo que ocupa una brizna de tu viña florida... pequeñísimo espacio de tiempo, pero aun así, se nota en los ambientes que algo está cambiando. Aún no vuela el incienso, pero quizás, ni eso haga falta para llegar a ese universo etéreo que imagina nubes blancas y cielos celestes, y flores de siempre perfumando el tafetán pardo de tus vestiduras carmelitas, unos naranjos por los Remedios preñados de primavera anuncian que una Madre tierna, llamada Carmen saldrá a cumplir la rancia tradición como Reina sin par de las Glorias.
Llega un nuevo tiempo, las glorias y sus vísperas, y de nuevo llegan las ilusiones intactas como las del primer día y las ganas de quererte, de pasearte y de honrarte. Queda sólo un suspiro para llegar a los días que dan sentido a la tradición, a nuestras más profundas y devocionales raíces, y un año más, ahí estaremos.

martes, 16 de julio de 2013

La Gloria del recuerdo

(prefacio de las vivencias cofrades 2013, Hermandad del Prendimiento)

Sobre el crudillo de las fundas que cubren el sofá y las butacas tapizadas de una sala de estar, vieja casa manchega de patio, barrio de la Puerta de Santa María, el color caoba de una capillita de madera, desgastada por la devoción ya, va extendiendo y abriendo sus puertas poco a poco una clara mañana de Julio de 1973. Una mujer todavía joven y bella ha ido planchando las amplias telas, liberando de pliegues y arrugas puntillas y bordados. Un olor a cera fundida y naftalina que se disuelve… llena toda la estancia. Una mesa desnuda espera impaciente ser revestida a modo de efímero altar. Las velas aguardan apagadas a ser la plegaria encendida de una ferviente devota de María. Son los preparativos de las vísperas, cuando la Virgen del Carmen pasaba las novenas en pequeños altares domésticos y toda la casa se iba impregnando  de esa  fiebre del mes de Julio que llenaba una placita  de devoción sin más y de puestecitos de martillos de caramelo, peladillas y turrones que me evocaban la lejana, pero antes tan ansiada y esperada Navidad… Y llega el día, la tarde mejor, la noche de la ilusión, en que un niño de apenas 6 años se dispone a alumbrar por primera vez el camino a la Madre del Carmelo. La Reina de las glorias exige un gran cuidado a la hora de realizar aquella secreta e invisible investidura. La ropa como de Domingo de Ramos, el cinturón bien apretado, la larga vela al brazo y el escapulario bien colocado. Solo unas expertas manos de mujer manchega podrán cuidar y retocar estos detalles, en apariencia nimios, y que sin embargo constituyen como la carta de naturaleza de un estilo y un modo de alcanzar la mayoría de edad en la herencia de las tradiciones de la ciudad.
Participar en nuestras más arraigadas tradiciones es un rito, una liturgia familiar en su celebración doméstica. Y antes, mucho antes que el Concilio Vaticano II definiera a la familia cristiana como iglesia doméstica, Ciudad Real ya sabía cómo realizar estos actos devocionales, mística comunión de las generaciones, abuelos, padres, hijos, nietos, cuerpo místico de cristianos y cofrades que fueron, que son y que serán en un mismo linaje familiar, por los siglos de los siglos creyentes de una devoción.
Pero aquella mujer todavía joven y bella, que con tanto amor, con tanto mimo fue enseñando al niño cofrade que nacía los detalles secretos, los más íntimos significados, de vestir con el escapulario bendito o ponerse una túnica para hacer estación de penitencia en su tan querida Semana Santa ciudadrealeña, aquella mujer –repito- no sabía, no podía saber que ya no vería más en este mundo a su Reina del Carmen y que nunca más podría acicalar a su hijo como de Domingo de Ramos, con su escapulario en la noche única, cuando los corazones casi dejan de latir ante el pasmo maravillado de la que lleva en su rostro el amor y en sus brazos al Niño de Dios.
Porque un día de diciembre de 1974 -¡casi cuarenta años ya, Dios mío!- aquella mujer todavía joven se revestía la túnica inconsútil de tu promesa redentora, y como cualquier buen Carmelita de Ciudad Real, una semana después de tu Natividad, recibía de tus manos benditas su vela, su escapulario y su sitio en tus filas para entrar en el Convento Carmelita del cielo, abrazando la Cruz de su muerte y la gloria de su Resurrección.
Aquella mujer era mi madre.
Y cuando yo, cada año, cumpliendo el viejo rito, siento sobre mi cuerpo, sobre mi mano el roce buscado de su escapulario santo, escucho su voz diciéndome que aquella investidura devocional y cofradiéra, cuna y mortaja me la ha dado Ciudad Real para devolverle la alegría a mi corazón, y para comprender que al respetarla y sentirla dignamente me voy salvando de caer desangrado y roto. Porque ahí, en la negrura de cada noche y en la soledad de cada procesión, uno se encuentra con la verdad y todo lo que perdimos resucita. Que así es y así nos parece el milagro de Ciudad Real en cada una de nuestras más hondas y devotas tradiciones. Una fiesta inmensa del espíritu vivo de Dios que llevamos dentro cada ciudadrealeño, cada cofrade. Porque desde aquí, desde ese momento mágico, inolvidable y tan especial, quien hoy les habla empezó a vivir, a sentir y a querer en cofrade.
Ahora, todos ustedes y yo lo sabemos.

domingo, 14 de julio de 2013

Sentido ritual

Toda fiesta supone una ruptura con el tiempo cotidiano, una distinta afirmación del vivir. Pues bien, en esta tan querida como denostada, nuestra ciudad, ese "instante" de gozar la belleza esencial de las cosas que rodean al "Carmen", se desearía que fuera eterno, que perdurara mas allá del tiempo cotidiano, por lo que ese gozo tiene de victoria de la vida, de la fe, de la creencia, del rito, de la devoción en fin sobre todo lo demás, vivencia del "ahora", del momento pasional y apasionante.
Y cada momento es siempre distinto aunque tenga apariencia de ser lo mismo. Cada mediados de Julio es nuevo siendo el mismo. Siempre puede ocurrir lo "insospechable".
Cada 16 de  Julio es, de algún modo, el primer 16 de Julio. Igual que Morante cuando pisa el albero cada tarde puede ser un nuevo Morante, sin ayer y sin mañana, "solo presente". Para el código sentimental del "culipardo" nunca serán estas cosas objeto de razón. No son definibles.
El Carmen es lo inusual. La Fiesta es lo inusual y en ello radica, precisamente, la esencia de todo lo que significa como verdadera fiesta, como rito y liturgia, como signo, como comunicación festiva.
En definitiva: la fiesta es fiesta para el que la hace y esto es muy difícil de objetivar, porque lo que entra en juego es el sentimiento y el recuerdo sentimental, las claves sensitivas. Cosa de difícil captación por los foráneos, ya que son ajenos al sentido -también ritual- de su estructura comunicativa.