Hay una Semana Santa de Ciudad Real exterior, espectacular, harto divulgada, de fiesta colectiva que se expande por las calles y plazas y recorre los barrios dando carácter singular a cada uno de ellos, y hay otra Semana Santa interior, domestica, minoritaria, pues nunca es masiva ni bullanguera, casi desconocida pero muy dentro del cofrade, gran intuitivo siempre de los detalles, una Semana Santa llena de claves intimas y que se desarrolla en el secreto de los corazones o en lo recoleto de las capillas y del hogar familiar.

Quizás no se haya desarrollado nunca una teoría de la túnica de nazareno como herencia recibida, cuna y mortaja de la propia sangre y de la propia gente, pero esta hermandad sería un buen bastión donde realizar un estudio y posterior teoría que sentara cátedra sobre la forma y manera de continuar generación tras generación manteniendo el amor y respeto hacia lo que significa una hermandad y por supuesto vestir su túnica. Una vivencia que va mas allá de todas las teorías de lo cotidiano y que proclama, en un ritual de fiesta viva, intransferible e inolvidable, la liturgia liberadora del antifaz que, al enmascarar el cuerpo, deja sentir las dimensiones lúdicas del alma, la expansión misteriosa del espíritu vinculado así al ámbito concreto de la ciudad en sus coordenadas mas hondas como parábola barroca.
Porque es la ciudad y las generaciones vinculas a tu Piedad las que se liberan a si mismas en Semana Santa por la ascensión litúrgica del barroco. Piedad en la emoción de cada nazareno.Piedad entre la plegaria que huye, como columna salomónica de aire que se pierde en el aire, y el acto poético que provocan tantos cientos de ojos asombrados por razones tan subjetivas, tan extrañas al raciocinio en su manifestación externa, que son imposibles de explicar.