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martes, 11 de marzo de 2014

Imágenes e imagen de lo humano y lo divino...

Una ciudad entre el espíritu y la materia. “Imágenes e imagen de lo humano y lo divino”. ¿Obra de fe, de amor, de poesía? El cofrade, y la ciudad con él, saben que siempre hay una procesión que va por dentro, una Semana Santa secreta que solo durante siete días se proyecta, se materializa en los sentidos. Se hace “gracia”, “belleza”, “tradición”. Rasgos sensoriales de la religiosidad y rasgos, a su vez, del cofrade. Vínculos de un radical humanismo que, en su vivir de cada día, quisiera hacer de esta tierra manchega, llana, sombra del Paraíso, cielo en la tierra. Razones del sentimiento que ponen en marcha realidades distintas.
La Semana Santa es algo visceral para cada ciudadrealeño. Aquí, en nuestra ciudad, ante una imagen de Cristo o de la Virgen, ante las Penas, el Nazareno, la Piedad, el Amor, la Caridad, la Salud, la Dolorosa, hay creyentes o incrédulos. Se entiende o no se entiende. Se quiere o no se quiere. Hombres y mujeres que sienten de pronto un algo inexplicable que le ponen de cara al infinito, o gentes que sin saber siquiera lo que hay detrás de tanta hermosura, sin creer incluso, pueden también de pronto, por un instante, volverse contemplativos del sentimiento estético y acabar diciéndose a sí mismos que al menos es verdad que el espíritu, en Ciudad Real, se llena de gozo ante la belleza de un paso de palio.

Y además, ese otro gozo –que es una especie de milagro anual- que se produce en la ciudad cuando llega la primavera. Me refiero a la sensación de fiesta que hay siempre en las vísperas y en los ritos que envuelven a la Semana Santa. Una celebración que compromete el modo de actuar de todo un pueblo.

viernes, 7 de marzo de 2014

La gracia de la tradición, el gran poder de la fe

Para el hombre de la Biblia, igual que para el hombre y la mujer de nuestra ciudad, y muchas veces decimos que nuestra Semana Santa es otra vez Jerusalén, para el hombre y la mujer, repito, lo que importa es la vida, la verdadera vida disponible con el “argumento” personal que debe desempeñar en ella, en la tensión y en la emoción de tantos encuentros como personas (hombres, no masas) intentan vivir sus vidas. Esto es, en la comunión con los acontecimientos, los ciclos del sentir de cada tiempo, el afán de cada día, el instante, la sorpresa y su magia, el devenir imprevisible. Porque todo ello es “historia", mi historia personal, mi vivencia, y nuestras vivencias juntas construyen el carácter que nos identifica como pueblo. Y al igual que el antiguo Israel, pueblo incapaz de hacer la sabiduría sistemática y abstracta de los filósofos, nuestra ciudad crea la sabiduría de los poetas, la razón poética del vivir y del sentir, no para expresar lo que son las cosas en abstracto, sino para sumergirse en el sentimiento vivo de lo que son las cosas en concreto para uno mismo, la imagen concreta, el hombre concreto, y lo que este mismo hombre concreto, irrepetible y único, es para cada cosa. La imagen de sí mismo en las imágenes y, en proyección inversa, las imágenes reales, materiales, que inciden en el propio imaginar. Necesitamos, por tanto, “visualizar” dentro y fuera de nosotros el sentimiento de lo imaginado. Tener, en definitiva, la imagen de nuestro corazón. Y así aquella imagen del Cristo o la Virgen de nuestros amores asume materialmente, como una señal, como un signo absolutamente vivencial e íntimo, toda nuestra historia personal y secreta, todo el argumento de nuestra comunión con la vida. Es el pellizco interior, el escalofrío que nos produce una imagen determinada, donde nos encontramos de nuevo con la memoria misma de tantos rostros queridos que parecen estar allí, en el rostro de aquel Cristo. Lagrimas nuestras, y alegrías, y enfermedades, y gestos de cariño, el padre o la madre o el hijo que nos acompaña, pasión secreta de cada uno de nosotros, rostro donde uno se identifica por el amor, por el dolor, por el arte, por la belleza, por la gracia, por la tradición o por la fe.