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sábado, 17 de mayo de 2014

Nazareno de la Penas...

Una calle y dos aceras. La noche derrama su palio bajo una negrura incierta. Una silueta firme, rebosante de evocaciones y vivencias recién consumadas va caminando sola. Solitaria y penitente, transitando por el margen de una calle plena, hace nada, por la Pena de su Dios. Segura, arrogante, paso serio y cosa seria, pero para nada descompuesta, que para descomponer sus hechuras  hacen falta ignominiosas burlas, y de eso, sabe ya demasiado, que por los años que cumple, ya ni le queda madre ni siquiera abuela.  Qué más  da  lo que piensen algunos. Qué más da,  si la moda de hoy, se aleja de estos gestos, de esta manera de sentir y vivir la fe. Siempre quedará alguien qué  la viva así, que la arrope, que la acune y que la quiera.
Que los tiempos pasan, que pasen. Que la moda viene y va, y, cuando vuelve, llega con más fuerza. Pero el nazareno sigue caminando, y ni el mismo aire lo retiene. Con paso firme, con fe y sin tristeza. No pretende, ni quiere caer, solo levantarse y proclamar que la Pena de Dios es una realidad y que en pocos días una Pascua vivificadora dará sentido a esa penitencia que entre dos aceras hace unas horas y alumbrando su camino él ha revivido.
 Si lo señalan, que lo señalen, qué más  le da, otra pena  más para su Pena, que ese día llegará, para rendirse a sus plantas, quererlo y servirlo como  Rey de la humanidad. El bien lo sabe y ese bien  hasta lo consuela. Y por todo eso, se viste purpúreo el cuerpo, de azabache  la testa y se ciñe de esparto con correas nuevas. Tiempo al tiempo, y sigue caminando con figura de silencio. Calle arriba, paso a paso sin molestias ni ningún esfuerzo. No hay traspié que lo detenga, se recorta su figura con cortinas de incienso y canela. Se siente majestuoso, sin trémulos pensamientos que llegan.
Y sigue caminando, que nada ni nadie lo detenga. Paso firme, figura inhiesta. Tiene  que  cumplir su penitencia, y en eso es lo que piensa. No va descalzo, no. Ni recorrerá otros caminos que no lo entiendan. Porque la disciplina es él mismo, es linaje y es bandera.
Y siguió caminando, meditando una y otra vez sus pensamientos, llegó. Llegó al final de su estación, de su cita con Dios y con su Pena y rezó, rezo todo lo que quiso pretendiendo aliviar el peso de una cruz que al Calvario lo lleva.
Y se llenó de escalofríos, para fundirse en la madrugada y en la plazuela del suspiro. Luego se escuchó otra voz que salió de entre el olvido. Sonaron cantos quedos  cortando  el silencio como aleteos silenciosos de angelitos, la noche se columpió  en el aire con aroma de lirios, vainilla, canela y el de las flores de una clausura perfumada de  jacinto.
Ha llegado de nuevo al Carmen tu Pena, Silencio Dios mío en la soleá de las noches de Martes con luna llena.
Y siguió el nazareno meditando sus penas, avanzando en sus pazos, la voz no llegó al silencio. Continuó  con majestuosidad su camino, nazareno del Señor de las Penas.

viernes, 13 de abril de 2012

Vivencias únicas...

Ocurrió una noche de Martes Santo en los adentros del rancio Convento Carmelita. Un cierto nerviosismo -el ajetreo característico que precede a la salida de toda cofradía- hacía presa en los diputados y celadores responsables de la organización y buen orden de los nazarenos, cuando los tramos, incompletos aún, tienen que ser revisados, las insignias debidamente distribuidas, los cirios encendidos y las últimas instrucciones y preces difundidas por los altavoces con el mencionado deseo, un año más, de una venturosa estación de penitencia.
Los cofrades próximos a la puerta del templo cubren ya sus rostros con la sarga negra de los antifaces. La Cruz de Guía esta dispuesta. Se presiente el frescor de la calle en aquella atmósfera densa de cera ardida y férvido incienso recién quemado. Un centenar de hombres y mujeres, investidos de un mismo arrebato, sumisos, respetuosos, con intima y callada exaltación, respiran al unisono aquel ambiente prodigioso, tan extraño para los extraños, tan fuera de sí para los de fuera, tan pintoresco para los que solo buscan el atractivo de las sensaciones insólitas en un anacrónico color local.
Parece que de un momento a otro puede producirse un increíble salto en el tiempo. Con otros personajes, con otras imágenes, entre otras paredes quizás, pero con idéntico clima emocional, con la misma singularidad viva y vistosa, también en la noche de Primavera de Ciudad Real -todos los tópicos que se quieran- luces y sombras, jardines y estrellas colmando la Semana Mayor de la ciudad, el pueblo llano volcándose en iglesias y capillas, recorriendo el laberinto penitencial, sangre y fuego de los disciplinantes, hermanos de suplicas, de cruces, primitivos nazarenos de esta ciudad.
Así, padres, hijos, nietos, herencia de siglos y testigo de una a otra generación, cada gota de cera es una huella de la historia nuestra, tradición multiplicada, sufragio universal de los muertos, de los vivos y de los que aún no nacieron, voz y voto del ayer, del hoy y del mañana.
Que esto fue, en definitiva, lo que aquel nazareno de las Penas sintió a oscuras, bajo su antifaz, experimentando fervores tan hondos que no pudo por menos que decir -calladamente bajo su túnica de silencio-  "precisamente por eso, por hondura; que aquí estoy cumpliendo con un viejo ritual, un impulso verdadero de belleza e inteligencia encarnada en un Cristo que es símbolo de Humanidad doliente buscando su camino". Y agarrándose al cirio encendido ya, con su corazón pellizcado, ya el paso a punto de levantar, el murmullo de la plaza que se dejaba de escuchar, se volvió hacia Él y añadió: "Este momento es ya toda la eternidad".
Luego cargando con su cirio, en un gesto poderoso y silente, salió del sacro convento camino de una misteriosa pasión de la ciudad. Era, manto rojo y resplandores, la noche mágica. Y no hay judío ni gentil, ni místico ni pagano cuando estalla ese cielo de la ciudad hecho cofradía un Martes Santo, que nos devuelve a lo que es una estación de penitencia con sentido y de verdad.