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martes, 28 de marzo de 2017

A tus pies siempre postrado



Ha fondeado en mis adentros el apremio de implorar anuencia a mis sueños tras unos días de desvelos y fatigas. Dispongo mi cuerpo al cobijo de un cobertor para abrazar el sosiego y apago la luz de mis ojos, consintiendo que los acordes de tus postreras marchas, resonando en tu añeja estancia, me despojen  de las premuras y los compases de tu tez lacerada me cautiven por entero.
Los días irrumpen arrebujados en nubes y palpitaciones y en solo unos instantes te presiento transitar calladamente por cada uno de mis sentidos en tanto los relojes se esperan, el tiempo se solaza, y mis entrañas se arrebatan al sentir tu estampa soberana en la cercanía de tu eterna y celestial morada que abrasas con la luz de tus heridas, con tu soñada mirada, con tu manera celada de siempre a tus pies llevarme cuando tercia la mañana anhelada.
Esbozas suspiros que celo aspirar… Trajino por los retumbos de tus palpitaciones… Me estremezco ante la cercanía de tu imponente hechura y me descompongo con lo imposible de tu ausencia…
Me recreo en la cenefa de la gloria, esa,  a la que me lleva el Amor de tu muerte serena, calmada… la fe que me prometen tus mansas manos, la paz y la calma de tus silencios, que es oración estando a tu lado.
Y en el resquicio que nos aleja te imploro que llegues hasta mí, que te respires a mi vera y que percibas el barrunto de mis entrañas que se ha enamorado de tus hechuras, que sin ti no concibe cada nueva primavera, que por ti vivifica su existencia, Señor del Amor, Dios de la vida.
Me arrimo a tus plantas y me hilvano las bastillas de las horas, consintiendo que la densa atmosfera de tu capilla muera de recelos al percibir nuestras andanzas por sus plazas de cariño revestidas.
Permíteme que seas Tú quien perdone y redima cada uno de mis pecados... Consiénteme que seas Tú quien desbarates mis duquelas... Y déjame que te sueñe, en un recodo flamante de mis  delirios, como aquella vez, Tú en tu paso, yo enfrente mandando “a tierra los dos costeros por parejo...siempre de frente…siempre andando…
Recuerdas…paseamos el Amor como nunca por esta Villa Real se había paseado, por las calles de mis nostalgias y nos abandonamos a una noche que ya nunca dejara de retumbar en los adentros de mi restañada alma.
Y  en este punto, mansamente, recluyo mis ojos de la luz de la tarde, hoy azulada, como de primavera recién estrenada. Me derrota el cansancio, el letargo, el sueño que llama a revivir ensoñaciones anheladas. Percibo el final de los días con los que jamás hubiera soñado…sé que mañana será otro día, más esa alborada de un nuevo domingo de besapies siempre suspirado, he vuelto a estar a tu lado… que nada me devuelva a las realidades…. Que nadie me despierte… de nuevo Señor, ante Ti estoy, frente a frente…

domingo, 23 de octubre de 2016

El alma del cofrade...



Desde el inicio de un día que apago sus destellos entre nubes de hermandad, Manuel  se lanzó a colorear sobre el tapiz gris de la ciudad una anochecida de ilusión, de esperanza, de pasión para que un elenco de cofrades de raza nos hiciera estar en la gloria de un Dios que nunca pronunció un no, y de una legión de corazones sinceros que a todo el que hasta ellos se acercaba apasionadamente recibían para que plácidamente se instalara en cualquiera de sus esquinas. 
Atesoraré eternamente en la nostalgia de mis más entrañables recuerdos el momento del amor, de la verdad y de la humanidad en estado puro venidos desde Sevilla; esa pasión, esa vehemencia en el sentimiento que pellizca el corazón de un hombre bueno de verdad y que pide permiso para acariciar, para mimar, para besar sus manos y bendecir a Manuel con el mismo Cristo, que también empieza por “C” y que bendice a su hijo por Triana cada madruga, para apasionarse entre las puntadas de oro en el tafetán de su túnica morada y para eternizarse en lo abatido de su aire al aguardo de una cuaresma impregnada de esencia a Dios de verdad. 
No corro la cortina sobre un hecho notorio y ostensible como es el que a menudo me crispan los entresijos y retorcimientos de este mundo cofrade que debería ser ejemplar siempre –
a veces con motivos, a veces sin ellos-, pero autorizarme a que en el día de hoy sienta orgullo del corazón y el alma de los cofrades.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Añoranzas...



Esa querencia a la que escoltan los años, hace que cada cierto tiempo, y cada día con más frecuencia, levante mi cara y ponga mis ojos en ese soñado cielo vislumbrando a  aquellos que ya no están con nosotros entre el resquicio de sus velos, esto lo aderezo con el anhelo de que aun sin evocarlos me hagan una mueca y así puedan hilvanar  un velado: “por aquí arriba se está bien, no te impacientes por abrazarnos”; a buen seguro me esperan sentados, arrimados a las fábulas y tradiciones que me quitaron tan pronto del recitar de unos labios…o asomados a las anochecidas, postreros rayos de sol que hace tanto que juntos no avistamos…o guardando las enseñanzas que revolviendo entre las dudas muelen mi entendimiento y nunca encuentro…o pintando de colores el teñido de quijotismo que les causa ver avanzar como un hombre a quien dejaron como niño…o abrazando las risas que me abandonaron cuando volvía la cabeza  y no percibía las suyas…no, ya no sentía sus besos antes de caer rendido en la cama por ella mullida,  o sus lisonjas en mi cara cada día de cumpleaños…sus rumores de nana pretendida, mis aprietos, mis ahogos, mis iras…Es la gracia que uno tiene de gozar en un balcón de la gloria a seres queridos y admirados en vez de encerrados en un almanaque repleto de efemérides y carillas efímeras.
De esta suerte, cada vez que por la puerta, siempre abierta, del camino de Toledo se alza el recio aire del norte o un chaparrón sacude con reiteración en los baches de mis recuerdos, traen hasta mi estancia la fragancia de sus dichos, el bálsamo de sus caricias, el cosquilleo de las fábulas, de los cuentos y sus leyendas o el deslustre de retratos en donde ellos ya no están, desterrando a un matiz sepia que no distingue de colores y personas.
Estas son mis añoranzas, entalladas a mi ser, las que paseo ceñidas con hebras de dulzura a las alforjas de mi piel, esa piel que me quema con más y más tesón cuando repaso la escritura minúscula de la vida y siento de nuevo el desboque de un lloro, de un lamento que en absoluto se ha aliviado desde que mis añoranzas liaron su hato y marcharon a una nueva y eterna vida.