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domingo, 23 de octubre de 2016

El alma del cofrade...



Desde el inicio de un día que apago sus destellos entre nubes de hermandad, Manuel  se lanzó a colorear sobre el tapiz gris de la ciudad una anochecida de ilusión, de esperanza, de pasión para que un elenco de cofrades de raza nos hiciera estar en la gloria de un Dios que nunca pronunció un no, y de una legión de corazones sinceros que a todo el que hasta ellos se acercaba apasionadamente recibían para que plácidamente se instalara en cualquiera de sus esquinas. 
Atesoraré eternamente en la nostalgia de mis más entrañables recuerdos el momento del amor, de la verdad y de la humanidad en estado puro venidos desde Sevilla; esa pasión, esa vehemencia en el sentimiento que pellizca el corazón de un hombre bueno de verdad y que pide permiso para acariciar, para mimar, para besar sus manos y bendecir a Manuel con el mismo Cristo, que también empieza por “C” y que bendice a su hijo por Triana cada madruga, para apasionarse entre las puntadas de oro en el tafetán de su túnica morada y para eternizarse en lo abatido de su aire al aguardo de una cuaresma impregnada de esencia a Dios de verdad. 
No corro la cortina sobre un hecho notorio y ostensible como es el que a menudo me crispan los entresijos y retorcimientos de este mundo cofrade que debería ser ejemplar siempre –
a veces con motivos, a veces sin ellos-, pero autorizarme a que en el día de hoy sienta orgullo del corazón y el alma de los cofrades.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Añoranzas...



Esa querencia a la que escoltan los años, hace que cada cierto tiempo, y cada día con más frecuencia, levante mi cara y ponga mis ojos en ese soñado cielo vislumbrando a  aquellos que ya no están con nosotros entre el resquicio de sus velos, esto lo aderezo con el anhelo de que aun sin evocarlos me hagan una mueca y así puedan hilvanar  un velado: “por aquí arriba se está bien, no te impacientes por abrazarnos”; a buen seguro me esperan sentados, arrimados a las fábulas y tradiciones que me quitaron tan pronto del recitar de unos labios…o asomados a las anochecidas, postreros rayos de sol que hace tanto que juntos no avistamos…o guardando las enseñanzas que revolviendo entre las dudas muelen mi entendimiento y nunca encuentro…o pintando de colores el teñido de quijotismo que les causa ver avanzar como un hombre a quien dejaron como niño…o abrazando las risas que me abandonaron cuando volvía la cabeza  y no percibía las suyas…no, ya no sentía sus besos antes de caer rendido en la cama por ella mullida,  o sus lisonjas en mi cara cada día de cumpleaños…sus rumores de nana pretendida, mis aprietos, mis ahogos, mis iras…Es la gracia que uno tiene de gozar en un balcón de la gloria a seres queridos y admirados en vez de encerrados en un almanaque repleto de efemérides y carillas efímeras.
De esta suerte, cada vez que por la puerta, siempre abierta, del camino de Toledo se alza el recio aire del norte o un chaparrón sacude con reiteración en los baches de mis recuerdos, traen hasta mi estancia la fragancia de sus dichos, el bálsamo de sus caricias, el cosquilleo de las fábulas, de los cuentos y sus leyendas o el deslustre de retratos en donde ellos ya no están, desterrando a un matiz sepia que no distingue de colores y personas.
Estas son mis añoranzas, entalladas a mi ser, las que paseo ceñidas con hebras de dulzura a las alforjas de mi piel, esa piel que me quema con más y más tesón cuando repaso la escritura minúscula de la vida y siento de nuevo el desboque de un lloro, de un lamento que en absoluto se ha aliviado desde que mis añoranzas liaron su hato y marcharon a una nueva y eterna vida.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El alma de septiembre



Íntimamente, en el alma de los momentos más sublimes brota sin duda un sentimiento, una emoción, el palpito cautivo en el ámbito propio de cada una de sus sombras, de cada uno de sus gestos únicos escondidos en el mismo instante, en la nostalgia y en la hora que habitamos ese sueño establecido en aquel día, en aquella tarde en que un instante determinado fue vivido con toda la intensidad posible.
Así, el alma invisible de la memoria tiene su espacio para cada cosa, para cada tiempo y para cada forma de existencia del espíritu de su perceptible presencia. Y es por eso que fluye en la estancia con su inmaculada estampa un aire como de recién estrenada primavera, un suave pero claro redoble de tambores del paraíso, una llama de metales que fulge con su hermoso lamento, clarines del alma, incendio de sonidos que reclaman la presencia de Dios entre nosotros.
Y no son de violines los crepúsculos, ni son voces celestes de salterio las que envuelven de música su ahora silenciosa antesala, tan solo un resonar de notas eternas, como un batir de angelicales alas, agua que mana del valle de sus heridas, arrasadas de su Purísima Sangre que desembocan en eterna Piedad. Esa marcha de oros y de platas en blanquísima andadura, surtidor sonoro capaz de brotar a chorros de tu estampa de Piedad repleta. Música en el silencio del momento acompañando la fragancia solemne del Dios más vivo, canon barroco para mecer entre incienso y oraciones de Piedad suplicantes.