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viernes, 15 de diciembre de 2017

Él es la verdad



Descuidaste la portezuela de tu recatada capilla dejándola entornada, y creo que la olvidaste de tal manera a sabiendas… sólo alcanzaba a vislumbrarte en la negrura de sus adentros, más el rumor de tu silencio obró que ese resquicio de par en par se descosiera, empujándome a guarecerme a tus pies, al amparo de tus favores. Sobrecogido y poco menos que de puntillas cedí  a Tu invitación, sentándome, eso sí, en uno de los últimos bancos. Ya tendríamos tiempo de ir cogiendo más confianza.
No entreveía cabalmente lo que iba a susurrarte. En absoluto intuía lo que Tú me responderías, así que dejé que el silencio se adueñara de nuestro encuentro; de esta forma comencé a observarlo todo: observé tus bancos, tu altar, tu colosal paso; contemplé tus llagas, tus pies, tu cara... hasta que mis sentidos acamparon en tu poderosa gracia, erigiéndote, a partir de aquel sempiterno instante, en el fanal que maneja y encauza la huella de mis trancos cuando en las lindes de mi existencia se vislumbran tempestades.
De esta suerte fue como nuestro sueño principió, velada y templadamente. Una semblanza en donde las emociones, las ternuras y los amores se rebuscan y la retórica de los gongorismos huelgan. 
Para sentir al alma pellizcar en lo más íntimo del corazón, uno necesita, ha de amparar al sigilo, a ese secreto de cada uno que es el silencio… eso percibí estando cerca de Ti esa primera vez.  
Y es que… para arremangarse las entrañas, sin más, con tenerte enfrente basta.
Y es que serás Tú quien cada tarde de Viernes surques un mar de barruntos, de plegarias que te clamarán cuando cruces los portones de tu Ermita, oratorio sin igual, para convertirte, como cada Viernes Santo, en Amor por los Remedios, en pasión de tus hermanos. Irán a tu encuentro tus chiquillos, alborozarán tus mayores, tu cuadrilla bregará bajo tus sublimes plantas como en la vida, se arrimarán los veedores, los hermanos bruñirán su regocijo acicalado de saber al dedillo qué, por unos momentos, están custodiando lo más excelso, lo más grande que Dios les ha entregado,... todos por Ti, para Ti. Y yo... De esta suerte, yo iré a tu encuentro en  cada rincón, en cada vuelta, en cada esquina que esencies con tu sola presencia, me pegaré a Ti y te contemplaré de mil maneras, y de mil modos originales  a través de mi lente en una simple pantalla te plasmaré, atesorando el sigilo, revestido de silencio para que nuestras almas furtivamente susurren sus verdades.
Pronto, cuando pares el tiempo alargando tu andar por plazas, callejuelas y pasajes, te abrazaré con la Ciudad Real más cofrade, con esa que razona, que concibe y siente que los trajines  que se paren en la hondura de la humildad, del apego y la ternura son las cosas que en verdad vale la pena sentir.
Salgan a su encuentro por los Remedios, por la Merced o llegando al Prado, o contémplenlo cuando regresa a su barrio. Más… sin otra cosa, una pretensión os intimo… si os arrimáis a su seráfica estancia actuar de la guisa más humilde, más afable, más tierna, con el mutismo que se vuelve silencio y abandonaros al arrebato, al pasmo de sus ojos que de un instante a otro parecen entreabiertos. Si tú, no sientes pellizcos en tus adentros y un nudo que  se desboca para convertirse en ahogado sollozo, es que no eres cofrade en esta ciudad de los desprecios.

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