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lunes, 8 de febrero de 2016

Fe...



Y es que retoñamos cada primavera en la calle para forjar un alegato de nuestra Fe y ese alegato precisa de testigos. A nuestras corporaciones no solo las sustentan sus juntas de gobierno, los hermanos y cofrades intachables, los sacerdotes, una casi siempre denostada e inútil comisión o el pregonero de hogaño, sino los miles de ciudadanos y cofrades anónimos, que llenaran las calles y plazas demandando algo más que la belleza o la cultura, algo que, quién sabe, ni siquiera ellos mismos sepan explicar como tampoco lo intuían los cinco mil que lo buscaron y lo siguieron hasta Betsaida y a los que abrigó y alimentó. De la misma manera ellos también buscan un alimento, el de su particular salvación. Es por esto, que nuestro cometido radica, inexcusablemente, en que esta pasión tan sublime como arrebatadora que estamos a punto de soñar un año más, no se quede en una escueta y desnuda puesta en escena y que tras unas horas y algunos aplausos eche su telón hasta otro inevitable año que habrá de venir, sino que seamos capaces de entrelazar a toda una ciudad con el verdadero Misterio de la Fe.
Son años delicados, muy comprometidos para los creyentes. Creemos haber atrapado la prosperidad, la denominada sociedad Occidental avanza con tranco fijo hacia un desahogo que no tiene límites, La ciudadanía cree que así aprehenderá la felicidad y ha consentido en olvidarse de Dios. Ya no es menester, lo desatiende, lo arrincona, pero a quien está arrinconando verdaderamente es a sí misma mientras toma camino a ninguna parte. Qué majestad la tuya Señor, cuando guardas silencio, maniatado ante ese traidor que acepta unas monedas sin saber, pobre necio, que está traicionando su propia indignidad. Irrumpes soberbio en tu soberano paso, arrebatado a los mismos ángeles en su inspiración  más inspirada y pura, marchas con la  grandeza del que se sabe la sublime y única  verdad, el mismo atajo a la Vida Eterna, entretanto ese discípulo delator que osó repudiarte rumiando que no te precisaba, se ufana en sus propias tinieblas.
Mas, invariablemente no es fácil perseverar inquebrantables en nuestros principios, como lo hiciste Tú, Señor. No por siempre soportamos inalterables ante el poder, aun cuando ello nos signifique que nos desposean de todo, como hacen contigo camino de la Merced, o recibir algún que otro latigazo, como el que te propina ese miserable sayón cuando vuelves Caído a punto de desfallecer por San Pedro o como los que recibe tu vicario en la Tierra por sacar a colación palabras sobre la Paz, la Caridad, el Amor, la Misericordia, o por recorrer el mundo y predicar tu palabra allí donde no se atreven los que sólo saben hablar agazapados. Con todo salimos a la calle para proclamar el Evangelio, y es que por encima de todo somos Iglesia, la que él rige y así nos deben de admitir, como expresiones religiosas, más allá de una enjundia cultural que nadie objeta, pero que nunca puede ni debe ser cimiento de nada, ni menos aún excusa de una realidad que se conserva viva desde hace centurias.

domingo, 3 de enero de 2016

La vida en un secreto.



Y es que, alejado de olvidarte en mi memoria, de enterrarte entre renglones escondidos en un cajón, o de engendrar sombras cuando la presencia de tu delicado Amor se enmaraña con el azahar que retoña de los naranjos que perfuman tu ermita vieja,  yo me descuido por las calles hasta enhebrar los hilvanes de mi alma al postigo de tu capilla y rogarte cuando nadie me presiente, y  persiste el palpito en mis entrañas cuando el pasmo de tu gesto trae aromas de gloria a los Remedios…Así permanece en mi uno de esos silenciosos y callados secretos que paseo bordado bajo las bastillas ya rozadas y descosidas de mis días.
Entretanto, consentir que esto, se perpetúe siendo mi más íntimo y profundo secreto, de esos que se confiesan un Viernes a medianoche y se comparte entre rumores de alpargatas y silencios.

martes, 1 de diciembre de 2015

Siempre a la vieja usanza...



Es ahora… cuando al levantar la última hoja de la interminable espera de todo un año esta se torna en desvelo. Es ahora… cuando el relente de los días se tamiza por los ventanales de las templadas estancias que disuelven en su aire el olor a musgo, a plástico de Belén rescatado de la infancia y espumillón que conserva las imágenes de los recuerdos mejor guardados. Es ahora… cuando los rincones de la vida diaria se revisten de añoranzas, historias de un baúl de la niñez rescatadas y cien veces relatadas, cartas llenas de ilusiones esperando su día para ataviar un anhelo de realidad en la corta edad de los sueños. Es ahora…  cuando todas las férreas convicciones abordan el día a día en caótico tropel,  y sumergen el quehacer diario en un momentáneo y profundo acto de fe sin medida…
Salgamos hasta las Templos, allí en donde Dios retira las agonías de Su Pasión por unos días en los bruñidos y rancios retablos, y baja, nace frente a nosotros, en nuestras casas, en nuestras parroquias, en nuestras calles para que lo contemplemos, lo percibamos, lo sintamos como ese aire fresco de la mañana, lo admiremos y busquemos su mirada, frente a frente, mirándolo a la cara e hilvanemos una añoranza más con la envoltura de la tradición, del rito, de la usanza, de la vieja pero siempre presente y vieja usanza…

martes, 17 de noviembre de 2015

"Desde mi ventana..."

No podía dejar de estar allí. Aunque recela para sí que le hace daño. Ya no puede vestir su cuerpo del trabajo que enriquece al hombre, recrear un esfuerzo para transmitir devoción, fe, oración callada en cada chicota, emoción contenida en cada revirá, acariciar el cielo con Ella en cada levantá… Y sin embargo, cada año, fiel a su cita, se encontrara con Ella a los pies de esa rampa empedrá, invadiéndole casi al unísono una tristeza que angustia su semblante y una ilusión recién estrenada, como la de esos revoltosos monaguillos rodeados de sus padres, que llenan de una luz de amanecida sus cansados ojos… Divagaba en cortos paseos su nostalgia. Se sentía un poco solo. A veces saludaba a algunos de los menos jóvenes. Era en estos momentos previos cuando sentía no considerarse uno de los escogidos por Ella.
No podía dejar de estar allí. Entrar en la iglesia. Mirar quedamente el paso recién encendido. Piensa en sus hermanos de hermandad, esos amigos que ya no están y ve sus rostros en el cálido semblante de la que quiso Dios llamáramos Madre. Recuerda las noches interminables de ensayo y de tertulia con cualquier pretexto… ¡Dios mío! Mira a su alrededor. ¡Cuántos jóvenes! Son otros tiempos, se lo dice a su hijo. Detiene ahora sus pensamientos en el rostro tantas veces preocupado de su mujer, esperándolo resignada…
Era su vida. No podía dejar de estar allí. Mira ahora el bello rostro de su Madre bendita. Parece que el tiempo se ha detenido… Sale hasta el dintel, donde están ya formados los primeros tramos de hermanos nazarenos. Ante sus ojos va pasando la cofradía. Algún pequeño saludo, una mirada en silencio. La seriedad de la penitencia.
No podía dejar de estar allí. Ha vuelto a perder la noción y el sentido de la realidad. Pero ante sus ojos un sordo crujido le descubre que el paso se ha arriado justo a su lado. Miradas de alegría y reconocimiento se abren paso entre los antifaces. Las lágrimas vuelven a brillar. Contempla a su Madre en Soledad. Reza sin palabras. Diríase que La llama. Se siente vivir en presencia de su Soledad.
La procesión se aleja y las puertas se cierran tras el paso. No sabe si volverá a vivir este momento. Pero en las entretelas de sus sentidos percibe que no se ha quedado allí, que va con ellos haciendo una nueva estación de callada penitencia.


domingo, 20 de septiembre de 2015

Mas allá de una mirada...

Donde no llegan nuestros sentimientos existe un instante mágico, prodigioso, en el que uno siente realmente que Ella está allí, como en una dimensión impensada, mirando, despertando con lágrimas en los ojos, serena, donde la ausencia nada significa… se puede adivinar un diálogo inalcanzable pero ante Ella…posible. Ante tan sublime mirada, te sientes sin defensas lógicas...sin argumentos formales, los principios, el orgullo…desaparecen. Las hipocresías de tantos serán siempre secundarias…Es entonces cuando te das cuenta que tus miedos no tienen sentido si sabes mirar desde el silencio y la fe, con los ojos del corazón, los de Dios, donde el dolor pierde su sentido de muerte…y la vida nace de la madera bendita, del rostro devoto de la Madre, que parece, solo parece querer morir…

miércoles, 2 de septiembre de 2015

En la calle, Soledad...

Evocas, a escasos días de tu inusitada presencia, un sueño que ahora por San Pedro parece dormido entre el envejecido y rancio dorado de tu altar y el sepia del otoño recién pincelado. Sugieres Amargura, que entreteje sus manos al compás de un silente y sobrio rachear, rancias filas de negro tafetán regio sabor a cofradía, olor a terruño ancestral de una Muy Real Ciudad. Suenas  a Amarguras, a Valle de ojos esmeralda, a costalero y a su rachear, surge el requiebro del remate de tu varal al sentir el susurro de la piedra centenaria de San Pedro  y su puerta que te quiere abrazar, nubes de incienso, sonidos de antaño, olor a cera, capirotes de negro Soledad  perfeccionan la dramática escena… Y es que, podría contaros que en la calle, la Soledad, es ese frío que recorre el cuerpo cuando la luna pinta desalientos sobre las callejas que conducen hacia ese camarín, cofre de nuestras devociones, que cobija la mirada de una Madre que nos cuida y pellizca el alma… y es que en vilo siempre nos tiene, pues su respirar parece que poco a poco se detiene, que podría llegarse a parar. Podría confesaros que en la calle, la Soledad, es ese anhelo que acaricia el alma cuando te giras y ves que un palio, inundado de fulgor, de pena y de dolor viene racheando, navegando sobre pies que marcan las huellas de tu camino Soledad. Pero tu llegada Señora es mucho más que todo eso…  y es que hay un encuentro con Dios en tu mirada, un encuentro único, exclusivo, personal como el Amor de Dios a cada uno. Y este encuentro sí que no tiene víspera ni final, puede vivirse permanentemente, desde que descubrimos cada cual que el  Señor nos llama, que nos está esperando, y que aguarda nuestra respuesta. Todo se une en el Señor y su bendita Madre, la razón de ser de nuestras cofradías, el sacrificio por amor de Dios mismo, que Ciudad Real y sus cofrades glosan en la gracia y en el Amor a su Madre, Madre Bendita de Dios.

domingo, 9 de agosto de 2015

En la cercanía de su presencia

Eternamente anhelando su bajada, y es que su perfil, su aire y su mirada de Madre indulgente y bondadosa se alcanzan mejor estando en ese soñado costado, guiando un año más nuestros rezos por los que no están, nuestras peticiones por los que vendrán y las de todos, que una vez postrados ante su reluciente altar solo pediremos volverla a ver un año más...
Al verla cada agosto enseñoreada en el lateral de la que es su casa, resuena en mi nostalgia y paladeo a qué sabe el aguardo de una promesa, recordé a mi hermana Carmen y me sentí enormemente afortunado y eternamente agradecido a mi madre por haberme parido ciudadrealeño y devoto de su Virgen del Prado.
Al arrimarme a calmar mis desconsuelos en el tafetán donde prendemos nuestros lamentos, mi ser es recorrido por corajes, por cariños, por pellizcos de tantos allegados y creyentes que hincan diariamente sus rezos en esa mirada dulce que refleja el color del cielo y que nos protege mejor que nadie de este mundo encorvado de desaires, envidias y falsas convicciones disfrazadas de leyes que buscan justificar quedos y vacíos rezos.
¿Quién no le ha rezado alguna vez a Nuestra Virgen del Prado?
¿Quién no ha reparado al menos un segundo ante su camarín?, como si alguien nos dijera…para, no vayas con tanta prisa y mírame, porque una madre siempre al hijo espera despierta…
¿Quién no conoce a alguien de esta especial Hermandad?
Y hasta su casa anduve, orientando hacia Ella mis pisadas para un esperado y diferente cruce con esa Madre que prefirió quedarse en esta tierra a estar peregrinando por el más sempiterno de los cielos. Al verla en la distancia, percibí que Ella aguardaba mi llegada.
Apresuré el tranco, la averigüé entre sus devotos, mis paisanos y en el pórtico que da entrada a la gloria me quedé, ausente de todo…sin pretender nada…sin buscar nada,… solo esbozar mis más profundos y sentidos suspiros en tan majestuosa atmósfera de fe y devoción cargada.
Ya siendo niño constantemente me ha impresionado, siempre me ha hecho sentirme minúsculo, siempre me ha dolido que no me dejaran, que no nos dejaran acercarnos a Ella… sobre todo en esa postura suya de Reina y compasiva Madre que deja que sus hijos con mimo la besen en sus amorosas manos  y creerme, cada día estoy más convencido de que ese alejamiento impuesto se refleja en su rostro aceitunado.
Apenas disfruto de tenerla frente por frente y no me veo capaz de sostenerle la mirada y es que noto que la he esquivado en más de una ocasión, no he deseado saber nada o muy poco de Ella cuando mi vida se ha recostado sobre las almohadas de la dicha; y es que  me cuestiono mucho el que yo perdone a mis semejantes tal y como haces Tú antes de retirarte cada tarde a acunar a tu Niño en tus sobrios aposentos.
Anhelo retenerla delante de mí y no me  siento con fuerzas, será porque he cargado contra su benignidad todo mi enojo…evitado su gracia cuando un adoquín en el camino me ha hecho darme de bruces contra la dura vida…te tengo enfrente y no soy digno de contemplar tu fulgurante mirada porque tus ráfagas de plata se clavan en mis palabras… Mas en este postrero cruce  de miradas los golpes del alma me vomitaron el final, exclamaron que me allegara hasta perderme en su alegría, obrando que las contemplaciones resguardaran los silencios…y los guardaron… En ese soplo de tiempo, un soplo de Dios en lo más hondo del alma  que empezó a orear cauces en el frío de mi sangre… Las ataduras empezaron a desatarse y las tinieblas se desangraron entre susurros de silenciosos secretos.
Y nos sobró con un escueto gesto para arreglar cuentas, esas que uno y otro anotamos sobre legajos de tafetanes cárdenos, esos que pasea su hijo frente a su casa cuando el primer martes Santo del año anuncia su ocaso.