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domingo, 1 de mayo de 2016

Remembranzas evocadoras...



Sobre el crudillo de las fundas que cubren el sofá y las butacas tapizadas de una sala de estar, vieja casa manchega de patio, barrio de la Puerta de Santa María, el color caoba de una capillita de madera, desgastada por la devoción ya, va extendiendo y abriendo sus puertas poco a poco una clara mañana de Julio de 1973. Una mujer todavía joven y bella ha ido planchando las amplias telas, liberando de pliegues y arrugas puntillas y bordados. Un olor a cera fundida y naftalina que se disuelve… llena toda la estancia. Una mesa desnuda espera impaciente ser revestida a modo de efímero altar. Las velas aguardan apagadas a ser la plegaria encendida de una ferviente devota de María. Son los preparativos de las vísperas, cuando la Virgen del Carmen pasaba las novenas en pequeños altares domésticos y toda la casa se iba impregnando  de esa  fiebre del mes de Julio que llenaba una placita  de devoción sin más y de puestecitos de martillos de caramelo, peladillas y turrones que me evocaban la lejana, pero antes tan ansiada y esperada Navidad… Y llega el día, la tarde mejor, la noche de la ilusión, en que un niño de apenas 6 años se dispone a alumbrar por primera vez el camino a la Madre del Carmelo. La Reina de las glorias exige un gran cuidado a la hora de realizar aquella secreta e invisible investidura. La ropa como de Domingo de Ramos, el cinturón bien apretado, la larga vela al brazo y el escapulario bien colocado. Solo unas expertas manos de mujer manchega podrán cuidar y retocar estos detalles, en apariencia nimios, y que sin embargo constituyen como la carta de naturaleza de un estilo y un modo de alcanzar la mayoría de edad en la herencia de las tradiciones de la ciudad.

Participar en nuestras más arraigadas tradiciones es un rito, una liturgia familiar en su celebración doméstica. Y antes, mucho antes que el Concilio Vaticano II definiera a la familia cristiana como iglesia doméstica, Ciudad Real ya sabía cómo realizar estos actos devocionales, mística comunión de las generaciones, abuelos, padres, hijos, nietos, cuerpo místico de cristianos y cofrades que fueron, que son y que serán en un mismo linaje familiar, por los siglos de los siglos creyentes de una devoción.

Pero aquella mujer todavía joven y bella, que con tanto amor, con tanto mimo fue enseñando al niño cofrade que nacía los detalles secretos, los más íntimos significados, de vestir con el escapulario bendito o ponerse una túnica para hacer estación de penitencia en su tan querida Semana Santa ciudadrealeña, aquella mujer –repito- no sabía, no podía saber que ya no vería más en este mundo a su Reina del Carmen y que nunca más podría acicalar a su hijo como de Domingo de Ramos, con su escapulario en la noche única, cuando los corazones casi dejan de latir ante el pasmo maravillado de la que lleva en su rostro el amor y en sus brazos al Niño de Dios.

Porque un día de diciembre de 1974 -¡casi cuarenta años ya, Dios mío!- aquella mujer todavía joven se revestía la túnica inconsútil de tu promesa redentora, y como cualquier buen Carmelita de Ciudad Real, una semana después de tu Natividad, recibía de tus manos benditas su vela, su escapulario y su sitio en tus filas para entrar en el Convento Carmelita del cielo, abrazando la Cruz de su muerte y la gloria de su Resurrección.

Aquella mujer era mi madre.

Y cuando yo, cada año, cumpliendo el viejo rito, siento sobre mi cuerpo, sobre mi mano el roce buscado de su escapulario santo, escucho su voz diciéndome que aquella investidura devocional y cofradiéra, cuna y mortaja me la ha dado Ciudad Real para devolverle la alegría a mi corazón, y para comprender que al respetarla y sentirla dignamente me voy salvando de caer desangrado y roto. Porque ahí, en la negrura de cada noche y en la soledad de cada procesión, uno se encuentra con la verdad y todo lo que perdimos resucita. Que así es y así nos parece el milagro de Ciudad Real en cada una de nuestras más hondas y devotas tradiciones. Una fiesta inmensa del espíritu vivo de Dios que llevamos dentro cada ciudadrealeño, cada cofrade. Porque desde aquí, desde ese momento mágico, inolvidable y tan especial, quien hoy les habla empezó a vivir, a sentir y a querer en cofrade.


Ahora, todos ustedes y yo lo sabemos.

Introito vivencias cofrades del Prendimiento pronunciadas el 23 de febrero de 2013.

lunes, 21 de marzo de 2016

A las puertas de la esperanza...



El destino a veces nos hace vivir realidades difíciles de entender. Marca sus cartas al capricho de sus despertares, y determina -sin que nos demos cuenta-, las huellas que tenemos que reseguir. Con la fe como compañera de nuestra eterna soledad hacemos algo que nos hace más frágiles, nos refugiamos en Él.
Necesitamos aislarnos de este frenético mundo y pedir por los que son sangre de nuestra sangre. A las puertas de donde habitan los cimientos de nuestras creencias, al lado de las piedras que nos vieron crecer, y junto a los bancos donde una y mil veces le hemos rogado,… buscamos el amparo de un Dios sin rostro, de un Dios sin medida, de un Dios sin etiquetas,… y encomendamos al vacío unas cuantas plegarias humedecidas por lagrimas con sabor a suplica dispensada.
Desde luego sus miradas impacientes descansaran de forma anhelante sobre la serena estampa que cobija los rezos de los que pueden pasar sin llamar; y envueltos en tristezas, buscan a su Dios en las distancias cortas.
¿Cuántos de nosotros no hacemos a diario esto mismo? ¿Cuántos de los que creemos en izquierdos y bullas no clavamos nuestras rodillas cuando nos falta el hálito? ¿Cuántos de nosotros no nos guarecemos en la simpleza de lo impenetrable para poder seguir inspirando ante la adversidad? Quizás esta sea la gloria y el mandamiento más verdadero que tiene entre sus renglones torcidos nuestra fe. Porque en las distancias cortas es donde la rabia brota sin medida, donde la amargura se puede masticar, donde la desesperanza tiene nombre rescatado del arca de los abandonos. Es en las distancias cortas donde el Dios en el que creemos se humaniza, donde se hace perceptible su aliento, donde pasea de la mano por las sombras de la esperanza,… esa señal oscura que reluce sobre la cal blanca de nuestras vidas. Y es en las distancias cortas donde somos ese lodo que algún día se convertirá en barro; somos ese polvo de ceniza que brota por el sudor exhausto de nuestro rostro; obramos esa réplica que desvanece todas las interpelaciones que la Humanidad se hace dos mil años después de la primera llegada al mundo del Mesías.
Ir al encuentro de Dios... Nosotros precisamos creer en ese Dios que conquista miradas en las distancias cortas. Nosotros necesitamos de ese Dios que cada cierto tiempo desciende de los altozanos del cielo y se hace presente en nuestros crepúsculos de paseos para sentirnos amados, para sentirnos amparados, para notarnos ceñidos a su talle por las costuras de los destierros. Nosotros necesitamos sentir a ese Dios que a su modo subraya fechas en el calendario de los latidos para que la nostalgia pasee por los pasadizos de la añoranza.
Y al tenerlo cercano, cara a cara, lo despojamos de clavos, de coronas, de potencias; celamos el usted al rozarle las manos, las llagas, las misericordias; le rogamos en voz bajita que atienda nuestras penas, nuestras gozos, nuestras fallos. En las distancias cortas, nos sobra todo… y no nos falta nada. Se yergue la piel... y se desarropan los sigilos. Sonríe el alma… y la Esperanza abriga nuestros desaciertos. Dios suele escribir sus dictados bajo letras incomprensibles, pero siempre deja una puerta ensamblada para ir a buscarle; con seguridad Él también quiera saber de nosotros… y nos precise... en las distancias cortas…

domingo, 21 de febrero de 2016

Los ritos...



El cofrade tiene sus tiempos perfectamente organizados en las revoleras más hondas de su ser, su caligrafía de la ortodoxia, sus rincones del espíritu y de la materia, sus días vitales que siempre están más allá de cualquier razonamiento. Los que ignoran este código sentimental del cofrade suelen también encontrar grandes dificultades para adentrarse en su estructura comunicativa. Resulta difícil captar la identidad popular, propia, única del cofrade cuando se arrincona la raíz del rito. Y…un rito es, para el cofrade, todo lo que circunda sus realidades devocionales. Un rito es acudir cada viernes de la recién estrenada Cuaresma a la llamada del Señor en solemne y devoto Via+Crucis y un rito es guardar silencio cuando de madrugada su cruz arrastra... Un rito es esperar a que aparezca su figura en la ojiva de San Pedro enmarcada y un rito es contar los días de la larga espera al revés, hasta el domingo de su Pasión, prologo indiscutible de la Semana Santa. Esta es la perspectiva cofrade no del tiempo como utilidad, sino del tiempo como milagro en que cada cosa se produce a la manera de un regalo de lo puramente suntuoso, la manifestación graciable del sentimiento de estar vivo… La ceremonia de la Gracia.
Los domingos que anuncian ya la deseada primavera son, para el cofrade, como esa gracia anunciadora de que ya estamos en la metafísica de la emoción. Y este anuncio es por tanto algo que se nos da, un don, un regalo que supone la superación del tiempo utilitario y cotidiano. Así, el Domingo de Pasión se entraña en el cofrade, queriendo o sin querer, consciente o inconscientemente, con una fuerza ritual incambiable. Y además, sencillamente, como algo que llevara siglos circulando en la sangre de las cosas, porque sí. Por eso no hay calendario capaz de explicarlo ni de modificarlo.
Y cuando baja de su altar Dios y se reviste de Nazareno, en la hora, en el día exacto en que el jueves empieza a tornarse de morado, la ciudad, sus cofrades, saben que hemos entrado ya en el surtidor de sus días iluminados.