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martes, 9 de febrero de 2016

Cuaresma


Esbozo estas líneas desde el cierro de la esperanza, del anhelo, del "todavía no", de la túnica aun sin planchar, de la papeleta de sitio que aguarda, de la candeleria todavía virgen... Un coqueteo con el tiempo hará que lo que en estos instantes apunto, se lea ya con nuestros sentidos envueltos por los olores, los sabores, los sonidos, la luz, y el suave tacto que nos eriza la piel de la ya inminente, Semana Santa.
Se nos habrá hecho presente vertiginosamente, como un suspiro entrecortado por una emoción, como un fulgor... y es que, ya es cuaresma en la ciudad.

Cuaresma de vida cuando estas letras vean la Luz de la fe. Todo se une en el Señor y su bendita Madre, la razón de ser de la Semana Santa: el sacrificio por amor de Dios mismo, que Ciudad Real y sus cofrades glosan en la gracia de su cuaresma y en el Amor a su Semana Mayor.
Cuaresma que ya nos hace soñar...    
Con…el requiebro de un varal
al sentir el susurro de la piedra
de San Pedro y su puerta ojival,
mientras sones añejos solazan su Soledad.

Cuaresma que ya nos hace poetizar...

Con…un sueño de Amor dormido
entre hojas de naranjos y azahar,
que de nuevo y con andar decidido
romperá el silencio del frio rodar.
Cuaresma que nos lleva a sublimar...


A esa Piedad que muere al compas
de un silente y sobrio rachear,
rancias filas de negro tafetán
sabor a cofradía, olor a viga de catedral.
Cuaresma que nos hace anhelar...

Esa luz derretida que se vierte
en los platillos de tu candelería
al pasar por el convento, y tu gente
te aclama como Reina sin pecado “concebía”.
Cuaresma que nos ancla...

En el anhelo de tu Misericordia
Niña de san Pedro, bella consentida,
bajo un cielo de malla que filtra la luz del día
rebosante de pureza, mecida al calor del mediodía.
Cuaresma que...

 es Perdón por la Merced, “malhería”
al Coronar a su Dios entre burlas e ironia,
y…es Esperanza de un barrio que navega
buscando sus ojos como faro que les guia y que les lleva,
Y…es la Pena que arrastra mi Dios
cada Martes por el Carmen
implorando compasión. 




lunes, 8 de febrero de 2016

Fe...



Y es que retoñamos cada primavera en la calle para forjar un alegato de nuestra Fe y ese alegato precisa de testigos. A nuestras corporaciones no solo las sustentan sus juntas de gobierno, los hermanos y cofrades intachables, los sacerdotes, una casi siempre denostada e inútil comisión o el pregonero de hogaño, sino los miles de ciudadanos y cofrades anónimos, que llenaran las calles y plazas demandando algo más que la belleza o la cultura, algo que, quién sabe, ni siquiera ellos mismos sepan explicar como tampoco lo intuían los cinco mil que lo buscaron y lo siguieron hasta Betsaida y a los que abrigó y alimentó. De la misma manera ellos también buscan un alimento, el de su particular salvación. Es por esto, que nuestro cometido radica, inexcusablemente, en que esta pasión tan sublime como arrebatadora que estamos a punto de soñar un año más, no se quede en una escueta y desnuda puesta en escena y que tras unas horas y algunos aplausos eche su telón hasta otro inevitable año que habrá de venir, sino que seamos capaces de entrelazar a toda una ciudad con el verdadero Misterio de la Fe.
Son años delicados, muy comprometidos para los creyentes. Creemos haber atrapado la prosperidad, la denominada sociedad Occidental avanza con tranco fijo hacia un desahogo que no tiene límites, La ciudadanía cree que así aprehenderá la felicidad y ha consentido en olvidarse de Dios. Ya no es menester, lo desatiende, lo arrincona, pero a quien está arrinconando verdaderamente es a sí misma mientras toma camino a ninguna parte. Qué majestad la tuya Señor, cuando guardas silencio, maniatado ante ese traidor que acepta unas monedas sin saber, pobre necio, que está traicionando su propia indignidad. Irrumpes soberbio en tu soberano paso, arrebatado a los mismos ángeles en su inspiración  más inspirada y pura, marchas con la  grandeza del que se sabe la sublime y única  verdad, el mismo atajo a la Vida Eterna, entretanto ese discípulo delator que osó repudiarte rumiando que no te precisaba, se ufana en sus propias tinieblas.
Mas, invariablemente no es fácil perseverar inquebrantables en nuestros principios, como lo hiciste Tú, Señor. No por siempre soportamos inalterables ante el poder, aun cuando ello nos signifique que nos desposean de todo, como hacen contigo camino de la Merced, o recibir algún que otro latigazo, como el que te propina ese miserable sayón cuando vuelves Caído a punto de desfallecer por San Pedro o como los que recibe tu vicario en la Tierra por sacar a colación palabras sobre la Paz, la Caridad, el Amor, la Misericordia, o por recorrer el mundo y predicar tu palabra allí donde no se atreven los que sólo saben hablar agazapados. Con todo salimos a la calle para proclamar el Evangelio, y es que por encima de todo somos Iglesia, la que él rige y así nos deben de admitir, como expresiones religiosas, más allá de una enjundia cultural que nadie objeta, pero que nunca puede ni debe ser cimiento de nada, ni menos aún excusa de una realidad que se conserva viva desde hace centurias.