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sábado, 25 de octubre de 2008

Señor de mi Ciudad..


La noche se hizo malva y delirio entre las palmeras. Irrumpió de pronto, poco a poco por la ojiva de San Pedro, abriendo fisuras entre el tropel de gentes, un nazareno alto y de túnica morado. Sobre la Cruz de guia la tenue luz de dos faroles que la acompañan, una luna de porcelana asoma lentamente a la embocadura de las calles cercanas.
Cuatro islas de luz, al filo de la medianoche, iluminan de lejos la plata. Paso a paso, moreno, resignado en el abatimiento secreto de su propia hermosura, se perfila en el fondo de la calle Jesús de Nazaret, "Rex ludeorum", con tu Cruz, solo, vendido por un beso ignominioso que hizo de aquella faz el ungüento más dolorido del mundo.
Paso a paso llega el Nazareno al corazón difícil de la Ciudad. Va de regreso ya, Viernes Santo. Viene despacio, racheado el paso sobre esa geometría de cáñamo y de loza que hacen los pies encima de la calle. Inesperada música que cruje en la negrura de las trabajaderas. Parece el Señor un mástil de navío cruzando entre un océano de ojos. La mirada expectante que pone su esperanza en aquel Rostro. La luz en las tinieblas de la Ciudad. La luz desde la sombra de aquel paso.
La vencida ternura del Señor de San Pedro cobijando el misterio de la pasión del hombre.
Y allí en la estrechura de la calle, en el bullicio que espera en el medio de la plaza, en la noche inconclusa que se disfraza de vitral castellano, Nazareno, tu gesto inconfundible, tu perdón sin reservas, tu entrega silenciosa. Y la Ciudad aquieta de repente su vaivén de alegría y siente que allí ocurre algo que sobrepasa la razón, y esconde sus pecados tras los balcones de la plaza, noche de magia y malva para reconciliarse con la vida.
Y, paso a paso, esos ojos vidriosos de la muerte injusta, esa mirada que casi no se ve, Nazareno, Señor de la Ciudad, va rompiendo las almenas del alma de Ciudad Real abriendo corazones al deseo de una ciudad mejor, de una ciudad más fraterna, más sincera, más sensible al respeto y al amor.

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