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jueves, 11 de septiembre de 2008

El ultimo vencejo

ANTONIO BURGOS
Miércoles, 10-09-08
ESTO no hace. Os habéis ido como de puntillas sobre el cielo, sin avisar. Esta puñalada del tiempo no se le pega a quien os ha dado prestigio literario y os ha extendido carné de sevillana identidad, entre las espinas del Señor cuando quebráis albores del Viernes Santo y las sonoras lágrimas de los clarines maestrantes a lo divino que resuenan en la llave con que San Pedro abre al toro del verano la Puerta del Perdón para que entre a refrescarse en la fuente del Patio de los Naranjos. No tenéis perdón de Dios, vencejos queridos, por esta travesura de cada año en forma de ausencia. No aprendéis. Mira que los sevillanos os hemos tomado como símbolos del verano, y os hemos hecho tan nuestros como los agosteños nardos de la Virgen, el olor de los jazmines, el palo de la cucaña o los puestos de higos chumbos. Pero otro año más, ay, criaturas, os habéis ido sin pedir la venia, sin despedida de sombrerazo de castoreño, sin decirle adiós al río, ni al albero de la plaza donde bajáis a torear, vosotros sí que hacéis bien el avión tomando el vuelo de las muletas de la calor sin caballos en la última luz de las novilladas.
Yo que os tomaba por signos del verano, queridos, sonoros, sentimentales vencejos de mi infancia sobre los arbotantes de la Catedral, os voy a tener que filiar como símbolos de la brevedad de la vida. Como un cuadro de Valdés Leal que volase de las Atarazanas a las espadañas de los conventos, a Santa Isabel, a Santa Paula. Vuestro chirrido de los altos cielos me parece ahora como un alado cante que nos dice cómo pasa la vida. Vuestro vuelo por las esquinas en las tardes de jacarandas, magnolias, seises y campanas es ahora el recuerdo de un poema que nos habla de la brevedad del tiempo, de la eternidad del Dios que os hizo.
¿Tan pronto se ha pasado el verano, que hemos vuelto de los baños y las piedras de la iglesia del Sagrario, y los tondos platerescos del Ayuntamiento, y el rosetón de la Catedral, y el magnolio del Alfolí, y las losas de Tarifa de las Gradas de Placentines, y los cuatro pináculos de la Casa Lonja, y el león del Alcázar, y el bronce de las campanas de la torre mayor nos han dicho, todos, con este silencio del aire del atardecer, carne rosa de las nubes, que ya no estáis, que habéis vuelto a vuestro africano invierno por el camino más corto, como parejas de nazarenos que regresan desde la madrugada del tiempo? Ay, con la vida que teníais cuando sonaban los cascabeles de la Feria, y los tamboriles del Rocío, y olía a romero de Corpus, ¡cuánta muerte encerráis ahora, en que vuestra ausencia levanta acta del paso del tiempo! De aquellas muchachas que bajo vuestras zigzagueantes danzas en el cielo estrenaban sus pechos y sus desnudos brazos al aire de la primavera, ¿qué se hizo? ¿Qué fue de aquella flama de la tarde que con vuestro vuelo abanicabais, trayendo la mareíta de Sanlúcar río arriba en vuestras alas? Ya todo aquello parece que pasó hace muchos siglos. Suena la ciudad de otra manera, se amortiguan los gritos de los niños que juegan en las plazoletas, los cascos de los coches de caballos que pasan junto al Costurero donde una Reina zurce los descosidos que el tiempo ha hecho en el blanco cielo, ay, del verano que fenece también en los últimos jazmines, sangrando en el fucsia de las buganvillas que pronto también sombra serán de un recuerdo. Os habéis ido, vencejos de la ciudad, como a todos se nos va yendo la vida, como se va el tiempo, como pasan las estaciones, en silencio, sin que nos demos cuenta, en un abrir y cerrar de los ojos del puente, así pasa la gloria del mundo al que llamamos Sevilla.
Este otoño que se acerca implacable me dice hoy que sois metáfora del tiempo que huye. Un poeta de Baena, seguidor de Góngora, Miguel Colodrero de Villalobos, ya en 1656, en sus «Divinos versos o cármenes sagrados», os tomó como espejo de la fugacidad en el rotundo arranque de un soneto: «No ha nada que era mozo y ya soy viejo, / parece que anteayer iba a la escuela; ¡válgame Dios!, / y lo que el tiempo vuela, / sin duda que alas tiene de vencejo». Tus alas, último vencejo del verano, te han llevado hacia el Estrecho, con las cigüeñas y los milanos. No te has despedido ni de tu cronista. Iba a decirte que esto no se hace. Pero te digo que mejor así, en silencio. Así puedo recordarte en toda tu belleza de los atardeceres del verano, sin que sangre, ay, la herida del tiempo inexorable.

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