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sábado, 19 de abril de 2014

Su dulce despedida.

Al calor de la cera, la dama del Dulce Nombre, cortejada más que consolada por sus hermanos, nos resulta difícil encontrarle el callejón por el que admirar su cintura. Porque todos sus candeleros se han agolpado delante de su peana, cerrando filas para abrigar tanta belleza.
Y la cera es luz. De día el interior del palio es un cobijo de sombra que oculta en oscuridad el interior de las bambalinas. De noche, la luz pasa a recogerse dentro, como caja de resplandores, y son las caídas interiores las que ahora se iluminan, dejando fuera la tiniebla. Eso que gana el rostro de la Virgen, que ya es hoguera por sí solo y que cuando divisa de vuelta Santiago no sabes si prefieres llamarla por su Dulce Nombre o como también le cuadra entre la claridad de sus nazarenos, Dulce María de la Luz o Dulce nombre de María la Blanca…

Dulce el perfume del aire
Que vuela sobre tu paso,
Dulce la gloria infinita
En el hueco de tus manos.

Dulce el trasiego de amor
De tu gente nazarena,
Dulce se vuelve mi alma
Si me miras Madre Dulce y buena.


Dulce el palio que te arropa
Cobijando tu figura,
Dulce la luz de tus velas
Para mostrar tu hermosura.


Dulce el aroma que flota
Para bañar tu belleza,
Dulce el pañuelo que un día
Acariciara una Estrella

Dulces lágrimas que surcan
Tu cara de caramelo,
Dulce el encaje que roza
La bendición de tu pelo.

Dulce tu forma de andar
Como Reina que ronea,
Dulce tu candelería
Y hasta tus flores de cera.

Dulce tu plata que brilla
Dejando oscura a la luna,
Dulces bordados de seda
Para la rosa más pura...


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