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lunes, 3 de marzo de 2014

La luz de una nueva cuaresma

Tendiendo el duende de nuestras devociones como si fuera el bendito pañuelo que sujeta en sus manos, la vida se nos pasa tan precipitadamente como el agua del surco en busca de su destino final, mientras jugueteamos con las estampas de nostalgias en sepia a montar un altar de recuerdos. He detenido mi recorrido sentimental en el templo de mis más rancios y venerados fervores, que es el trastero de mi pensamiento, y ahora, no sé resurgir de la sombra de los sollozos. No me habitúo a faltar a esa esquina donde grabaste los procesos de mi fe con los golpes de tu rosario al andar. Ya no hiede al gélido de tu templo. Ni se oye el rezo de palomitas blancas mientras hermosean tu  celestial presencia. Ni mi paso retumba tan íntimo. Cuando me descubro ante el espejo de tu Cara, sólo puedo vislumbrar mi confesión, mi propósito de enmienda y mi penitencia… y, a que ocultarlo, mi Salud Cautiva, y mi Amor Descendido sin par, y mis Penas. Y mi Dolor, que eres Tú.
Te entraño tanto en el rito de la media luz... a solas, mientras el frío y la luz que está por venir flagelan los cuerpos e iluminan nuestras más arraigadas y sentidas súplicas, me consuela descubrir que yo sin más, he alcanzado a cargar un resplandor efímero por el mismo tránsito por el que Tú fuiste llevando día a día todas mis suplicas y cansadas cruces. No me veo en el reflejo de mi oscuro espejo, no me alumbra la luz de tu escondida y sin par mirada, claridad virginal en mi enlutada historia. Pero pronto un palio de tafetán azulado en la plaza, ya sin este Dolor exagerado, volverá a perdonar mis pecados. Y me consolara en esta vida y en su muerte, dejando mi devoción a la intemperie.

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