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viernes, 21 de marzo de 2014

La estación de los sentidos...

Entramos en las vísperas del paladeo de nuestros más inseparables sentimientos, convivimos con los rituales próximos a la fiesta, estamos a la espera de esa especie de milagro anual que se produce en nuestra ciudad cuando “Dios esta azul” y tierra y cielo anuncian ya un despertar a la alegría.
Porque hay algo que, sin nombrarse, parece estar cruzando por la mente de todo nosotros, de la ciudad y de los pueblos que la abrazan. La sensación de fiesta que hay siempre en nuestros ritos más hondos y en nuestro sentimiento de la Semana Santa.
Más aún. La Semana Santa como gozo, como celebración de una gran fiesta que compromete el comportamiento de todo un pueblo. Liturgia popular, colectiva de profundas y viejas raíces vivenciales.
Ese sentido festivo del culto greco-romano y su carácter de generalización entre los ciudadanos, la afirmación festiva, consiste en que “el sujeto mantiene una relación esencialmente afirmativa con su dios”. Relación que aquí se extiende al mundo que nos rodea, ya que la fiesta es también afirmación del vivir, afirmación colectiva de una relación cultual entre Dios y el mundo (en nuestro caso entre Dios y Ciudad Real) y que se manifiesta en la ruptura de lo cotidiano, alejándonos del peso habitual del trabajo rutinario o utilitario, para recrearnos en lo inesperado. Esto es, todo aquello que hace posible lo que durante el resto del año resultaría imposible. Dar a estos días una significación distinta, insólita, de regalo humano y divino al mismo tiempo. Se es capaz de hacer algo “insospechable”.
Caminar incansablemente, cargar con una cruz durante cuatro o cinco horas tras el “paso” de nuestras imágenes titulares, no dormir, ponerse un costal bajo las trabajaderas, aguantar a pie firme en una esquina solo para ver por un instante el resplandor de una candelería o el perfil de una Virgen en la plata blanquísima de una pared recién encalada, la oscura voz del cante de una “saeta” que nos pone un sollozo en la garganta o la sombra de un Cristo perfilándose en las duras aristas de la luna junta a las espadañas silenciosas, escuchar el silencio que la ciudad no tiene normalmente, dejar que el tiempo y la materia adquieran un sentido distinto de relación más fecunda y creadora, construir el tejido de los sueños con la materia de la propia vida y dejar que el tiempo sea, a su vez, la vida y la materia de nuestros sueños.
Sí, es la felicidad de haber sido creado y de estar aquí y ahora en este instante, el gozo de saberse vivo para ver, o más aún, para participar en la belleza esencial de estas cosas, que en el fondo e incluso sin saberlo, no es más que victoria de la vida sobre la muerte, motivo grande, por tanto, de alegría. Esta ciudad de los siete días iluminados es un verdadero don, un regalo de la naturaleza y de la historia, algo que va más allá de la organización humana. Algo que se nos da, que es gracia, que es como un encuentro feliz, no por esperado menos sorprendente, ya que siempre es distinto aunque tenga apariencia de ser lo mismo. Cada Semana Santa es “otra”, es “nueva”, siendo la misma. Porque para el partícipe de la fiesta, la fiesta “es él mismo”, está en él, en su visión, en su vivencia. Y él, tú o yo, este año ya tampoco somos los mismos del año pasado, como no seremos los mismos del año venidero.

Innegablemente, cada primavera, cada cuaresma, cada Domingo de Ramos es, de algún modo, el “primer” Domingo de Ramos; es el gozo nuevo, una “nueva” Semana Santa, sin ayer y sin mañana, “todo presente”. De aquí, también su difícil captación para los que son ajenos a nuestro universo cofrade, ajenos al sentido ritual de su estructura comunicativa. Los que ignoran y no entenderán jamás su código sentimental, sus claves sensitivas.

1 comentario:

PEPE LASALA dijo...

Llevo el gusanillo en el estómago, pero al leer ésto se acentúa más. Muy buena entrada.