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viernes, 7 de marzo de 2014

La gracia de la tradición, el gran poder de la fe

Para el hombre de la Biblia, igual que para el hombre y la mujer de nuestra ciudad, y muchas veces decimos que nuestra Semana Santa es otra vez Jerusalén, para el hombre y la mujer, repito, lo que importa es la vida, la verdadera vida disponible con el “argumento” personal que debe desempeñar en ella, en la tensión y en la emoción de tantos encuentros como personas (hombres, no masas) intentan vivir sus vidas. Esto es, en la comunión con los acontecimientos, los ciclos del sentir de cada tiempo, el afán de cada día, el instante, la sorpresa y su magia, el devenir imprevisible. Porque todo ello es “historia", mi historia personal, mi vivencia, y nuestras vivencias juntas construyen el carácter que nos identifica como pueblo. Y al igual que el antiguo Israel, pueblo incapaz de hacer la sabiduría sistemática y abstracta de los filósofos, nuestra ciudad crea la sabiduría de los poetas, la razón poética del vivir y del sentir, no para expresar lo que son las cosas en abstracto, sino para sumergirse en el sentimiento vivo de lo que son las cosas en concreto para uno mismo, la imagen concreta, el hombre concreto, y lo que este mismo hombre concreto, irrepetible y único, es para cada cosa. La imagen de sí mismo en las imágenes y, en proyección inversa, las imágenes reales, materiales, que inciden en el propio imaginar. Necesitamos, por tanto, “visualizar” dentro y fuera de nosotros el sentimiento de lo imaginado. Tener, en definitiva, la imagen de nuestro corazón. Y así aquella imagen del Cristo o la Virgen de nuestros amores asume materialmente, como una señal, como un signo absolutamente vivencial e íntimo, toda nuestra historia personal y secreta, todo el argumento de nuestra comunión con la vida. Es el pellizco interior, el escalofrío que nos produce una imagen determinada, donde nos encontramos de nuevo con la memoria misma de tantos rostros queridos que parecen estar allí, en el rostro de aquel Cristo. Lagrimas nuestras, y alegrías, y enfermedades, y gestos de cariño, el padre o la madre o el hijo que nos acompaña, pasión secreta de cada uno de nosotros, rostro donde uno se identifica por el amor, por el dolor, por el arte, por la belleza, por la gracia, por la tradición o por la fe.

1 comentario:

PEPE LASALA dijo...

Así es, en esas Imágenes que nos unen a Ellos, los celestiales, están todos nuestros momentos, nuestras gracias y pesares, está toda nuestra vida. Cuánto sentimiento amigo, un abrazo.