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viernes, 7 de febrero de 2014

La sencillez de la fe

    Es el tiempo de cristales empañados, llega el tiempo en que sin que nada parezca pasar nuestro corazón se siente pellizcado, nuestros ojos se encienden en la búsqueda de una fecha en el calendario, esa fecha que nos haga presentir que en el tiempo se ha empezado a dibujar el color de una nueva cuaresma,  que el horizonte empieza  a desprender esa fragancia que sabe a primavera, que huele a gladiolo, a rosa, a clavel puesto a sus pies.
    Hace nada que guardamos entre algodones la figura de un Niño que aún no sabía que era y es Dios y jugaba con los presentes que unos magos de oriente le dejaron al pie de su cuna hecha de amor en un intento de ignorar las penalidades de su predestinación.
    Nosotros intentaremos buscarlo entre altares de culto, capillas y retablos hartos de penumbras y no echamos cuentas que Él suele estar en las cosas y en los sitios más sencillos… Y no hay cosa más humilde que una parihuela de ensayo, altares desnudos que en estos días irán tomando la ciudad para bailar con ella el compás que marquen unas notas que en nuestra memoria repiquetean una y otra vez sin cesar.
    Si salimos cualquier noche de los días que llegan ya, podremos escuchar ese rachear que sabe a gloria y suena a sinfónica a los sones de una marcha celestial. No hay una explicación lógica, ni racional, que pueda determinar que al abrigo de un lienzo blanco y soportando 30, 40, 50 kilos y en ocasiones más, se cele la fe de unos hombres que una vez que empieza su trabajo sacro dejan de serlo, para convertirse en los pies de quien todo lo puede y sin embargo ha querido que hombres anónimos, mortales sin más, vayan perfumando su doloroso camino al Calvario con el sudor de sus plegarias, con los pétalos de un rosario de nostalgias que irán cubriendo las gotas de cera que derrama un pueblo que cree en Dios como único salvador.
    Se ajustan su fe para palpar a Jesús y a su bendita Madre, regalan su tiempo, su esfuerzo, sus cuellos, para hacer sentir al pueblo que los contempla que Ellos están aquí, y que caminan entre nosotros como si el mismo cielo se trasladase a las calles de la ciudad, convirtiendo en una Jerusalén de ensueño los barrios, y las callejas en auténticas Vías Dolorosas en las que sentir sus caídas, sus latigazos, los golpes lastimeros del martillo sobre sus clavos.
    Esto es lo que se enclaustra, como si de celosía monacal se tratase, en los adentros de una parihuela de ensayo. Quizás sea el mejor lugar para encontrarse cara a cara con Dios, revestido con un costal, bajo unas trabajaderas, soportando una parihuela; probablemente… puede que así sea.

1 comentario:

PEPE LASALA dijo...

Me has puesto el sentimiento a flor de piel amigo, el ambiente se palpa en tu escrito. Un abrazo.