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lunes, 12 de enero de 2009

Cartel 2009.....

ANTONIO BURGOS
Domingo, 11-01-09
Los catedráticos de Carnaval de mi adoptante patria gaditana dicen que para poder reírse de los demás hay que empezar por saber reírse de uno mismo. Sentado lo cual proclamo que servidor, que se llama Burgos, tiene un apellido que suena a morcilla que es una cosa mala. O a queso fresco.
—Por eso le gusta a usted tanto Fernando Villalón. Total, entre Villalón y Burgos, de quesos se trata.
O tengo también apellido de catedral. Y menos mal que no me dedico a la política, porque si mandara en alguna parte, sería «el gobierno de Burgos», y eso da una peste a Franco en la guerra civil que no te quiero ni contar.
Así que una vez que me he cachondeado de mi propio apellido, que parece la matrícula antigua de un coche, cuando llevaban la provincia, digo que cuando el Consejo de Cofradías pinchó a la hora de elegir su cartel de Semana Santa, pues Ricardo Suárez se negó al habitual procedimiento benedictino (de El Beni) de «sin trincá», buscó un repuesto. ¿Y dónde se buscan los repuestos cuando hay un pinchazo? Pues en la Casa Pretel del Paseo Colón. Por eso eligieron a un pintor con nombre de pinchazo y de rueda de repuesto: a Juan Antonio Huguet Pretel. A quien felicito sin rodeos, porque le ha salido un cartel de cine. Pero de película de Cecil B. De Mille, de ésas que sale muchísima gente. Hasta quince elementos pictóricos y simbólicos han contado los capillones en el cartel: que si el San Lucas del Museo, que si los monaguillos, que si las varas del libro de reglas de los Estudiantes, que si el balcón con saeteros, que si los ciriales, que si las Tres Caídas de Triana, que si Montensión.
—¡Una bulla!
Eso. ¿Habrá algo más cofradiero que una bulla? Huguet Pretel ha pintado una bulla pictórica. No seré de los que le critiquen por tal bulla, que recuerda las que Juan José Serrano Gómez componía en sus carteles de collages con fotos de Semana Santa, impresos en el huecograbado de Heraclio Fournier en Vitoria y hoy cotizadísimas piezas de coleccionista en la tienda del anticuario Félix, frente a la Puerta de San Miguel. Si lo critico es porque igual que Silvio el Rockero le decía al Loco de la Colina que a las torrijas de su mangazo les faltaba miel, señalo que al cartel «sin trincá» de Huguet Pretel le faltan muchas cosas y mucha gente de Semana Santa. Podía haberlas metido perfectamente. Total, donde comen tres, comen cuatro. Además de toda esa divina bulla, yo hubiera metido también, a saber:
Las chinas vendiendo sillitas plegables para ver las cofradías. Los miembros de las juntas que yo me sé en el bar que decir no quiero, despellejando evangélicamente a los de la otra candidatura, copa de balón en mano, que eso sí que es tela de la Pasión según Sevilla. Los de Urbanismo repartiendo sus tradicionales subvenciones del PER Cofradiero. Un concejal que no cree en Dios y que defiende el aborto y la eutanasia, vestido de chaqué, presidiendo una cofradía, con un guardia municipal de gala a cada lado. Los 7.242 músicos que componen la banda que menos integrantes lleva, con su correspondiente banderín, vestidos todos de generales de opereta, porque a esta parte de la sociedad civil le encanta vestirse de militar. Tres políticos de Madrid, amigos de Javier Arenas, pintando la mona en cierto privilegiado balcón de determinada salida de la Madrugada. Un costalero con los ojos cegados por el costal que le tapa casi la nariz, con su Cristo serigrafiado por detrás, en la ropa amplísima que la cae bajo la morcilla. Una revirá buena, de las que duran por lo menos una hora u hora y media. Un capataz presumiendo del martillo que tantas puñalás traperas le costó coger, llevando al lado a 14 ayudantes, 25 auxiliares y 3 para irle a por tabaco. Los del Cecop con gualquitalqui, mandando poner vallas por las cuatro esquinas del cartel, para ordenar tanta bulla. Un consejero de penitencia en Las Lapas, largando de los de gloria. Y Rosamar vestida de mantilla en los palcos.
Pero al cartel le falta sobre todo lo principal. Lo más clásico y representativo de nuestra Semana Santa. ¡Qué fallo! ¿Se imaginan lo redondo y bien rematado que hubiera quedado el cartel con un agrupata de gallinero dando el ya tradicional grito de «¡Sinvergüenza!» al pregonero de turno?

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