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jueves, 19 de marzo de 2015

Los días iluminados...

El cofrade tiene sus tiempos perfectamente organizados en las revoleras más hondas de su ser...su caligrafía de la ortodoxia, sus rincones del espíritu y de la materia, sus días vitales que siempre están más allá de cualquier razonamiento. Los que ignoran este, su código sentimental suelen también encontrar grandes dificultades para adentrarse en su estructura comunicativa. Resulta difícil captar la identidad popular, propia, única de este grupo de fieles, mas si cabe cuando se intenta arrinconar la raíz del rito, se intenta esconder la gracia del boato... Y…es que, para ellos, un rito es, todo lo que circunda sus realidades devocionales. Un rito es acudir cada viernes del año a la llamada del Señor y un rito es guardar silencio cuando de madrugada su cruz arrastra. Un rito es esperar a que aparezca Su figura encorvada en la ojiva de San Pedro enmarcada y un rito es contar los días de la larga espera al revés, hasta el domingo de su Pasión, prologo indiscutible de la Semana Santa.
Esta es la perspectiva cofrade no del tiempo como utilidad, sino del tiempo como milagro en que cada cosa se produce a la manera de un regalo de lo puramente suntuoso, la manifestación graciable del sentimiento de estar vivo. La ceremonia de la Gracia.
Ese domingo que anuncia la ya deseada y anhelada primavera es, para los cofrades, como esa gracia anunciadora de que ya estamos en la metafísica de la emoción. Y este anuncio es por tanto algo que se nos da, un don, un regalo que supone la superación del tiempo utilitario y cotidiano. Así, el Domingo de Pasión se entraña en nuestro ser, queriendo o sin querer, consciente o inconscientemente, con una fuerza ritual incambiable. Y además, sencillamente, como algo que llevara siglos circulando en la sangre de las cosas, porque sí. Por eso no hay calendario capaz de explicarlo ni de modificarlo.
Y cuando baja de su altar el Nazareno, en la hora, en el día exacto en que el jueves empieza a tornarse de morado, la ciudad, sus cofrades, saben que hemos entrado ya en el surtidor de sus días iluminados.

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