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domingo, 4 de enero de 2015

Las raíces del cofrade

Ellos son el futuro cierto. Los continuadores de nuestras más rancias tradiciones, los guardianes de nuestras más hondas devociones... de ahí nuestra responsabilidad en orientarlos y educarlos en la fe y en las buenas costumbres, de transmitirles nuestras pasiones, nuestras raigambres religiosas. Llevarlos de la mano con dulzura pero con firmeza, para que desde la más tierna edad participen en nuestras vivencias. Y no me vengan a decir que mejor cuando comprendan y lo pidan ellos mismos, porque en idéntico caso estaríamos con el bautismo y respondemos por ellos ante la Comunidad eclesial. Mejor -peor, claro-, que se desvinculen cuando tengan ese uso de razón que les haga discernir por ellos mismos si nuestras Hermandades y Cofradías son el medio apropiado para el crecimiento de su vida cristiana, lo que sigue representando un auténtico reto para todos los cofrades.
Pues esos niños, como el de la foto, como hemos sido muchos de nosotros, guardan recuerdo imborrable de sus primeros años asistiendo -sin comprender mucho, más bien casi nada- a los cultos, de los primeros besos en la mano de la Virgen o en los pies de Cristo, de la incontenible emoción cada vez que había que probarse la túnica, -pequeña tirana que obligaba cada año a usar de tijeras, agujas, hilo y demás útiles- porque siempre se iba quedando pequeña y había que salir de nazareno; ese supremo momento en que se llega a la iglesia, con  todo dispuesto para salir a la calle, vistiendo el hábito nazareno o, los más pequeños, de acólito, sintiendo una inenarrable emoción al contemplar las filas de hermanos que iban en la procesión, de oler ese aroma inconfundible de flores, cera fresca, incienso sin encender aún, y la inquietud de ver correr el tiempo muy lento, lentísimamente, antes de que llegue el momento soñado de que la Cruz de guía eche a andar y tras ella, todos; oír los primeros sones con los que la banda de cornetas y tambores hiende al aire anunciando la salida de la cofradía.
Y salir agarrado fuerte, como a un baluarte que inspira seguridad y confianza, a ese otro nazareno -padre, hermano- que realiza la doble estación la propia y la del ejemplo que quiere inculcar en ese nuevo cofrade, proyecto moldeable, que se deja llevar convencido, a su manera, de que es lo mejor que puede pasarle.
Como ese niño tú y yo, sabemos de nuestras alegrías cada año al ir consolidándonos y perseverando en un mayor cumplimiento; "yo ya llegó hasta catedral, y yo hasta la Merced, y yo hago el recorrido entero..." cuando quizás el primer año, con solo meses, dormido en brazos de la madre, apenas si asomó a la puerta, para ir con esa parsimonia que el tiempo impone alargando la distancia, y acercándose cada año a los tramos más cercanos a los pasos.
Nostalgia si se quiere, pero no tristeza. Quizás un poco de melancolía por lo que se nos ha ido yendo, pero mucha alegría por lo que viene detrás. Ojalá este niño cofrade pueda mañana, un mañana lejano aún, recordar también esos momentos que ahora vive cuando de su mano, otro acólito, otro nazareno, sea el eslabón que comunique a generaciones y generaciones en el mismo sentir y en el mismo modo de manifestarlo.

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