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viernes, 5 de diciembre de 2008

Esa infantil madurez....


Si algún recuerdo de mi niñez ha quedado grabado en mi alma de
forma imborrable, ese es el recuerdo de la hermosa, emocionante y
mágica noche de Reyes, como broche final a unos días que se
iniciaban en el mes de diciembre, cuando la flor de pascua engalana
nuestros caminos anunciando la inminente llegada de la Navidad, y
cuando junto a algunos amigos de la ingenua e irrepetible niñez
contemplábamos como, lentamente y muy cerca de las desaparecidas adoratrices con paso
cansino, los camellos de los Magos de Oriente cruzaban nuestra
ciudad acercándose un poco más cada día a nuestra fantasía y a la
gran noche que mi madre se encargaba de recrearme contándome
increíbles historias acerca de la bondad y la grandeza de los queridos
Reyes Magos. Transcurridos unos años y ya en la adolescencia
comentaba con esos amigos acerca de esas visiones producto de
nuestra mente infantil. Sin embargo, con el paso de los años y ahora
que vivo en un lugar donde la puerta de Toledo y el rectorado se muestran
imponentes cada mañana, sigo viendo el paso cansino de esos
camellos de los queridos Reyes Magos. Esa visión me invita a
recordar, más que a recordar a experimentar de nuevo esa mezcla
de placer y temor cuando en la madrugada del 6 de enero y todavía
con la imagen de Los Reyes desfilando por las calles de la ciudad, sin
la solemnidad y esplendor de hoy día, pero con el mismo misterio,
contemplaba la generosidad de sus regalos y la sempiterna pequeña
bolsa de golosinas con la que los Magos cumplían fielmente la
posdata que siempre acompañaba a mis cartas, cartas inspiradas en
la visión de algunos escaparates del centro cuando la televisión daba
los primeros y tímidos pasos y todavía no servía de embajador
publicitario a la mercancía de Los Magos de Oriente.

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