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miércoles, 18 de febrero de 2015

El color de la Cuaresma inunda la ciudad

En la amanecida de la Regia ciudad reluce una luz diferente, tonos blancos, azulados, dorados y carmesís reflejan el albor de un nuevo y refulgente tiempo. No sabría decir si es un sueño o una de esas realidades que por su obviedad parecen absurdas… Ha amanecido la Cuaresma y es blanca su presencia, su claridad absorbe poco a poco las últimas penumbras de la noche… pero es esa claridad neutra, sin atisbos de color puro, sin todos sus matices posibles…como si buscara un misterioso contraste con los colores predominantes: añiles, níveos, purpuras, y los nacarados rostros de belleza enseñoreada de las dolorosas.
Solo quienes viven su fe más allá, lograban percibir más colores, vida, matices de ilusión, de asombro, de alegría… Querría pedir prestados al menos por unos instantes los ojos intensos con que aquella mujer -con el cansancio que dan los años, pero con la alegría que supone el ver a su devoción eterna todos los días- miraba a la que ataviada de hebrea hoy la recibía, y con una sonrisa le mostraba su pleitesía, llorando “pa” sus adentros… “qué guapa estas Madre mía”,… estas buenas mujeres ya mayores, con el negro del dolor en sus vestidos, iluminadas por la imagen de su Virgen en la capilla componen los matices necesarios para entender la luz de estos días.
Pero no solo eran figuraciones. Desde muy temprano parecía como si el sol brillara de otra manera, menos perceptible… y cuando ya cae la dorada atardecida, sus rayos no conseguían dorar cálidamente los rostros amables, ni siquiera rozar en un breve adiós la madera bendita de la Virgen.  Me encontraba ante su estampa divina, buscando un poco de consuelo, quizá solo un poco de compañía… Allí, en la densa oscuridad del incienso y los rezos, sobre un breve altar, descansa la imagen de la Madre a la espera de la Pasión desgarradora de su Hijo. Se percibe una comunión especial con la Virgen doliente, como si esa pasión y muerte fuera un poco de todos, como si en mis manos sintiera el peso del dolor de aquel Hombre, la aspereza de su cruz, las lágrimas no derramadas…cerré los ojos...percibí poco a poco la tenue claridad de las velas con sus matices dorados y el rostro, la luz, los matices, fueron cobrando viveza, como la discreta luz roja, centelleante del Sagrario, que durante los albores de este día parecía haber escondido los colores de una nueva Cuaresma.

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