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jueves, 10 de octubre de 2013

Momentos de Fe... La fe de los momentos

Hoy... que en el paseo viejo que me lleva hasta tu casa escasean -como los puñados de albero de tu denostado
Prado- plegarias que se anudaron al cuello tus hijos, déjame que te confiese en la distancia que nos une aquello que nunca he sido capaz de contarte cuando he estado lejos de Ti.
Apenas me quedan secretos ya que desvelarte.
Conoces como nadie a que huele la vereda de mis palpitaciones; percibes en el horizonte la nostalgia de mis atardeceres cuando te pregunto por mis ausencias y sabes -como sólo lo sabe el aire-, que en las orillas de mi carácter se van acumulando los rencores de aquellos que un día me apreciaron.
Tranquila, haré caso de tus consejos y seguiré sin echarles ni cuenta; me estoy acostumbrando a convivir con ello; todo lo contrario a lo que me sucede cuando Agosto se asoma por el calendario.
Y es que no me acostumbro a cohabitar con esta moda pasajera que tanto daño te está haciendo cuando veo a algunos “culipardos de temporada” que solo llevan un agosto sobre tus huellas y que enarbolan la bandera de la auténtica fe en Ti sin detenerse en preguntar a qué dirección mandan sus rezos.
Y es que no me acostumbro a tener que dar explicaciones sobre mis luces y mis sombras, esas que sólo tu camarín difumina cuando me persigno al pasar por su remozado frente cada día, cada tarde de mi vida.
Y es que no me acostumbro a tener que escuchar cada año las mismas explicaciones sobre aquello de lo que es y significa tu salida o deja de serlo; a ver cuándo se enteran que no hay mayor ofensa que la de sentirse ofendido.
Sabes que yo no soy un santero, pero en mi memoria hay pasadizos donde se reflejan los recuerdos de tu rostro oponiéndose al miedo, bien en forma de fotografía, bien en forma de medalla plateada, bien en forma de ramillete de alabanza.
Sabes que yo no soy virtuoso, pero en mi sien hay sonidos clavados donde se confunden inicios de Amarguras con los acordes de tu órgano al llegar la tarde de los sueños donde San Lorenzo en vísperas pone a una ciudad camino de la dicha.
Sabes que yo no soy ejemplar, pero sobre mis dedos aún quedan restos de aquella vez que apreté con tanta fuerza el calor de tu vela y la cera rompió a llorar por mi mano en esa antigua ya primera salida custodiando el azul de tu maternal mirada.
Y sabes mejor que nadie lo que me está doliendo perder a esa “madre” que solo vivía pendiente de Ti; al menos apriétale la mano para que respire otros tantos y cuéntale cuando la veas que la echo de menos.
Me niego a estas alturas de mi vida a renunciar a tu nombre, a esquivarte la mirada o a perderme en la infinidad de tu gracia, pero yo al menos soy sincero y ante Ti descubro mi alma de cofrade a la que le falta el pespunte de tus mañanas, el festejo de tu llegada o el canto de tus poemas.
Si aun así quieres que me pase a verte; si aun así me aceptas como hijo; si aun así eres capaz de perdonarme, sombréame una sonrisa que yo iré a rezarte, aunque yo no sepa quererte como lo hacen los demás.

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