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miércoles, 7 de agosto de 2013

La semana de la espera...II

...Ella acolchaba mis tardes con tierras de un Prado salpicadas de piedras, onzas de pan con chocolate y frisos de caramelo, de una gran cruz que en su Prado servia de mantel de juegos, manjares que escondíamos bajo la tela de un pantalón corto para compartirlos en el escalón que servia de salto y ataque al grandioso monumento cuando la primavera abanicaba los sueños.

Ella fue la respuesta a tantos por qué, la razón para volver siempre a su casa, el portazo que se daba la soledad en la frente al golpearse los nudillos sobre mi puerta.

Ella ha sido, es y sera un todo donde nada me falta; es el deje al compás de mis palabras; es ese brazo que jamás me abandonaba.

Pero, cuando empecé a robarle los nacientes besos a la amanecida, las iniciales caricias a las ilusiones, las primeras huellas a la noche, Ella tuvo que pedirle que me  soltara de la mano.

Supongo  (aun me lo sigo preguntando) si fue la ley de una vida a mi edad poco o nada entendida.

Me contaron que su corazón latía a un compás demasiado lento...  lento como sones de Margot, arrastrándose de cansancio, moldeando latidos con pinceles salpicados en tierra “colora” con sabor a olivo y parra, hasta que una fría mañana de diciembre guardó silencio para siempre...

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