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miércoles, 2 de septiembre de 2015

En la calle, Soledad...

Evocas, a escasos días de tu inusitada presencia, un sueño que ahora por San Pedro parece dormido entre el envejecido y rancio dorado de tu altar y el sepia del otoño recién pincelado. Sugieres Amargura, que entreteje sus manos al compás de un silente y sobrio rachear, rancias filas de negro tafetán regio sabor a cofradía, olor a terruño ancestral de una Muy Real Ciudad. Suenas  a Amarguras, a Valle de ojos esmeralda, a costalero y a su rachear, surge el requiebro del remate de tu varal al sentir el susurro de la piedra centenaria de San Pedro  y su puerta que te quiere abrazar, nubes de incienso, sonidos de antaño, olor a cera, capirotes de negro Soledad  perfeccionan la dramática escena… Y es que, podría contaros que en la calle, la Soledad, es ese frío que recorre el cuerpo cuando la luna pinta desalientos sobre las callejas que conducen hacia ese camarín, cofre de nuestras devociones, que cobija la mirada de una Madre que nos cuida y pellizca el alma… y es que en vilo siempre nos tiene, pues su respirar parece que poco a poco se detiene, que podría llegarse a parar. Podría confesaros que en la calle, la Soledad, es ese anhelo que acaricia el alma cuando te giras y ves que un palio, inundado de fulgor, de pena y de dolor viene racheando, navegando sobre pies que marcan las huellas de tu camino Soledad. Pero tu llegada Señora es mucho más que todo eso…  y es que hay un encuentro con Dios en tu mirada, un encuentro único, exclusivo, personal como el Amor de Dios a cada uno. Y este encuentro sí que no tiene víspera ni final, puede vivirse permanentemente, desde que descubrimos cada cual que el  Señor nos llama, que nos está esperando, y que aguarda nuestra respuesta. Todo se une en el Señor y su bendita Madre, la razón de ser de nuestras cofradías, el sacrificio por amor de Dios mismo, que Ciudad Real y sus cofrades glosan en la gracia y en el Amor a su Madre, Madre Bendita de Dios.

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