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jueves, 14 de agosto de 2014

Una ciudad, una Madre, una sola fe.

Grano a grano se fue aclarando la mañana. Su eterna presencia y la cercanía presentida, se paseaban con el aire fresco, particular, único de esta ciudad cuando tercia el mes de agosto. Un agosto celeste y  lleno de luz, despabilándose casi en las mecedoras del aire, que trasnochan en las puertas de las casas de nuestros barrios. Una ciudad plena de  esperanza, esperanza en toda la extensión de la palabra. Llena toda ella de una mirada añil, intensa, maternal y alegre como seguidilla manchega, dejando claro con su letra: “la Patrona del Prado es Capitana de las siete banderas del Rey de España”,  que bien descrita su realeza. Su bocanada de fe, y la esperanza que siempre sigue viva en Ella.  Por eso es diferente y distinta en todo, en su cara morena, en la finura del tierno abrazo de sus maternales manos, en su amor, en su dulzura, en su niño, que eterniza esa infantil sonrisa recordando los bailes al pie del ventanal de su cobijo, y en el trasiego que alcanza a suscitar con su cercana estampa en el transcurrir de los gozosos días sobre la filigrana de su paso de plata. Y nos mantiene en la esperanza. Y surge la oración que se transforma en cántico. Su himno, de estilo sabio y alentador se hace cómplice con la exquisita y natural candidez de su hermosura. Y ahí, quedaran esas estrofas cantadas con el fervor de sus vecinos, para gusto y regusto,  que se duermen en los brazos de tu eterno silencio. Sueños de devotos, con tus miradas de Madre bondadosa.
 Y esa mañana, fue dando tranco al día, las horas pasaban dejándose caer en los brazos de una tarde, que de azul se teñía, para parir una  inmensa noche con frescura que adormece los sentidos. La anochecida aparentaba abrigar más estrellas si cabe con su gloriosa presencia. Fue por los antiguos jardines de su casa prioral remozada, una Catedral, no cabe menos para nuestra vecina más venerada, más bienaventurada. Esa noche, la primera de cada año que nos damos la mano en un cariñoso y ferviente envite sobre tu paso, para luego fundirnos en una Salve de cariño, respeto y admiración sin medida. Figura de Reina sin igual, estirpe palpitante más que nunca de una fe que en tu pueblo rebosa. Majestuosa en todo, de pura, de lozana, de guapa y de hermosura serena, sumisa aceptando la voluntad del Creador. Ante Ti se embelesa toda poesía, a Ti que te han cantado tantos poetas… “y  se ahoga el trigo en el campo,  porque no lo llevan a ver tu cara morena en el Prado “. Y  te canta el atardecer, y te canta el pajarillo, recordándonos tu sublime realeza, te canta también la  estrella, y la rosa, que fue por Ti a la orilla de la fuente y su pétalos mojo para estar aún más bella y fresca, y de su tallo se separó dulcemente para sucumbir en tu sublime presencia...Eres Tú el cielo azul, donde duermen los blancos luceros, donde vuela el verde mar de mis desvelos. Y es que Señora contemplando tu imagen fina como una acuarela, tu manto abierto como un abanico, sonora te haces como el viento entre las pámpanas de nuestras cepas y que abraza las ramas de nuestros olivos en los campos de tu tierra, Capitana de nuestra nave se hace cuando le cantan: “Santa María del Prado Reina de Ciudad Real”. Y es que Ella hasta levanta el mundo, da sentido a nuestras vidas y nos descifra los misterios de la fe aventajando a cualquier catedrático. Nuestra Madre del Prado, donde se miran el aire fugitivo y las altas estrellas. Estrella sin noche, sin cielo, sólo sus dulces brazos, para tu cuerpo tierno.

 Me gusta hablarte así Madre, empobreciendo el bello oficio de los poetas, eso me puede y puede conmigo. El respeto me lo das Tú. A esta hora, me gustaría seguir cantándote, pero… ya te despides de mí. ¡Qué día, Señor! Nuestra Virgen del Prado paseándose con sus mejores ajuares y su Niño de la mano por la blanca y llana ciudad de reyes, de cales  y  geranios. Hay tanta hondura y verdad en la fe sencilla de sus paisanos como en el agua de noria, clara y fresca que riega nuestras huertas,  donde se miran el aire fugitivo y las altas estrellas… y es ya cuando se mezcla la sal con el agua, y la luna se viste piel morena, y va cayendo la noche,  mientras yo medito, y canta el pajarillo, pajarillo canta, no dejes tu oración,  presa en tu garganta. Luego, Madre  te soñaría, sobre una charca de lluvia colmada de estrellas, repleta de sueños azules como tu mirada al viento, como tus ojos de cielo, y una luna...una luna nueva de agosto que al compás de campanitas se va meciendo.

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