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jueves, 5 de diciembre de 2013

En la gloria inmaculada

Desde los ojos de la melancolía, la contemplación y la intrusión en ese universo único que es el convento de las Hermanas de la Cruz produce un extraño aturdimiento, como un agolparse dentro de sí imágenes y vivencias eternizadas con el paso y el devenir de los tiempos y que siguen formando parte de la historia personal y cristiana de uno mismo. Se te agolpan dentro, iluminando con su abundancia sentimental los vacíos que produce nuestra  terrenal y pasajera vida, llenando de verdad y de verdades el instante que parece detenerse en un gesto amable y de invitación de una de las Hermanas, o en el angelical rezo de otra de esas “palomitas blancas” recordándote de pronto, con la ausencia forzosa de los seres que amamos, el padre, la madre o la hermana que lo llevaron a uno de la mano a rozar con los labios la cruz que pende al amparo de sus gruesos hábitos… la vida misma recortándose a contraluz en el Cristo que reparte la Caridad que llenan sus vidas, Caridad crucificada, Buena Muerte, Nazareno, Piedad, Penas carmelitas, Dolorosa que abre su sombra en cales de convento queriendo guardar entre sus manos todo, asumiendo todas las muertes reflejadas en su rostro. Allí, en la mirada perdida de sus ojos van perdiéndose también sombras amadas y recuerdos, sentimientos, emociones que volverán a encontrarse definitivamente, así nos lo hace sentir la estancia entre las paredes de ese cielo en la tierra que es su convento de la Cruz, en la Casa de todos, eternidad de eternidades que en esa casa perchelera de nuestra ciudad parece culminar, para siempre, nuestra historia y nuestro cielo.

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