Y cuando entre luces y sombras, llega la hora de nuestras pasiones, pasiones de la ciudad al fin y al cabo, dentro de cada uno de nosotros, irrepetible y única, en cualquier momento y lugar de esa arrebatadora clausura, en ese santuario en que el cielo se va volviendo leve y azulado, algo nos sacude y nos pellizca el alma velando lo turbio que encontramos en el fondo de la vida. Son ellas. Con su Cruz. En una esquina, en una puerta, en el fondo de una calle. Es la imagen que ahora asume nuestros recuerdos. El rostro de una hermana, la figura de una mujer. Imagen que se identifica con una ciudad entera, aquella donde todo lo que perdimos resucita.
Madre Angelita, que a nuestra ciudad no le falte esa materia prima que tu sembraste en Sevilla. Que a los que aquí habitamos no nos falte el espíritu de tus "palomitas blancas" para construir los caminos fraternos de una sociedad mejor.
Espíritu y grandeza de corazón que hacen posible la magnanimidad de nuestras vidas, el pan y el vino de una vida mas justa para todos.
1 comentario:
Tú lo has dicho amigo, gloria pura. Me he sentido inmerso en un gran sentimiento cofrade. Un abrazo.
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