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jueves, 15 de septiembre de 2016

Añoranzas...



Esa querencia a la que escoltan los años, hace que cada cierto tiempo, y cada día con más frecuencia, levante mi cara y ponga mis ojos en ese soñado cielo vislumbrando a  aquellos que ya no están con nosotros entre el resquicio de sus velos, esto lo aderezo con el anhelo de que aun sin evocarlos me hagan una mueca y así puedan hilvanar  un velado: “por aquí arriba se está bien, no te impacientes por abrazarnos”; a buen seguro me esperan sentados, arrimados a las fábulas y tradiciones que me quitaron tan pronto del recitar de unos labios…o asomados a las anochecidas, postreros rayos de sol que hace tanto que juntos no avistamos…o guardando las enseñanzas que revolviendo entre las dudas muelen mi entendimiento y nunca encuentro…o pintando de colores el teñido de quijotismo que les causa ver avanzar como un hombre a quien dejaron como niño…o abrazando las risas que me abandonaron cuando volvía la cabeza  y no percibía las suyas…no, ya no sentía sus besos antes de caer rendido en la cama por ella mullida,  o sus lisonjas en mi cara cada día de cumpleaños…sus rumores de nana pretendida, mis aprietos, mis ahogos, mis iras…Es la gracia que uno tiene de gozar en un balcón de la gloria a seres queridos y admirados en vez de encerrados en un almanaque repleto de efemérides y carillas efímeras.
De esta suerte, cada vez que por la puerta, siempre abierta, del camino de Toledo se alza el recio aire del norte o un chaparrón sacude con reiteración en los baches de mis recuerdos, traen hasta mi estancia la fragancia de sus dichos, el bálsamo de sus caricias, el cosquilleo de las fábulas, de los cuentos y sus leyendas o el deslustre de retratos en donde ellos ya no están, desterrando a un matiz sepia que no distingue de colores y personas.
Estas son mis añoranzas, entalladas a mi ser, las que paseo ceñidas con hebras de dulzura a las alforjas de mi piel, esa piel que me quema con más y más tesón cuando repaso la escritura minúscula de la vida y siento de nuevo el desboque de un lloro, de un lamento que en absoluto se ha aliviado desde que mis añoranzas liaron su hato y marcharon a una nueva y eterna vida.

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