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lunes, 11 de julio de 2016

Carmen eterno...



 Siempre con Ella, siempre a su amparo y bajo su protección, fue de Su mano durante muchos años, encendida su vela, descalzos sus pies alumbrando la tradición, transmitiendo la creencia, acercando la liturgia de los más rancios y enraizados ritos e iluminando la fe, nuestra fe, su fe… no se aferraba a una vara, ni era devota de rezo fácil ante todos y por todos conocida. Acompañaba de promesa a su Virgen del Carmen cuando julio mediaba y traía tañidos de novena y aromas de verbena antigua y siempre florecía. Ella no era cofrade, le bastaba con ser devota de la que en casa era la Virgen, la más grande, la más rezada, la más querida, la más presente.
Zarandeada día a día por aquella dura vida en muchos carices, cada 16 de julio, a la caída de la tarde, acompañaba a su Virgen por las calles que circundaban la collación del Carmen.
La seguía sin saber del estreno que ese año realizaba la hermandad.
La seguía sin conocer como progresaba el nuevo paso o el cincelado de su corona.
La seguía sin darse cuenta de que el exorno floral era distinto ese año.
La seguía sin notar como perfumaba el incienso. La seguía como tantas y tantas personas la siguen sin ser cofrades.
Hace muchos años que ya no la puede seguir por esas añejas callejuelas repletas de tradiciones y súplicas de auténtica fe cargadas, pero estoy convencido de que aún ahora, si ella no nos guiara desde esa gloria por todos soñada no habría sido posible que viviéramos tantos años sin poder apartarnos del escapulario bendito que desciende de Sus manos.

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