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lunes, 11 de febrero de 2013

Abrazando una nueva Cuaresma

Son esos momentos de investidura amorosa que las cofradías de nuestra ciudad ponen en nuestro espíritu,  la verdadera significación de la alegría que se apodera de nosotros, porque pesa mucho mas el gozo que el dolor en nuestra Semana Santa, y la humanidad del Hijo de Dios hace que nos olvidemos de la divinidad del Hijo del Hombre. Así, este gozo nuestro redentor nace y se siembra en nosotros a través de cosas que parecen inútiles, pequeños detalles sensibles, huellas luminosas, un tacto especial, un olfato especial, presentimientos, la belleza de un gesto, la perfección de una flor, la lagrima de cera de un cirio que estuvo puesto allí en un lugar que solo uno conoce, una sombra de Cruz cargada sobre la cal de una pared, el sabor dulce del incienso que queda después,  son los primores minúsculos de una sensibilidad exquisita, las pequeñeces de una fidelidad bien enraizada en la memoria, las imágenes por las cuales nos identificamos, la película de un paraíso perdido -infancia, inocencia, amistad, bondad, amor, creencias, esperanza de salvación- que un día fue tierra prometida y a la cual nos gustaría llegar. Así, por ejemplo, vestir la túnica de nazareno se convierte en esa investidura donde proyectamos toda la gracia, la tradición, la memoria y la herencia de lo que de verdad somos y que nos permite desear y soñar lo que en verdad deberíamos ser. Porque es Ciudad Real la que se libera a si misma en Semana Santa y con ella cada cofrade por la ascensión litúrgica del barroco. Ciudad Real en la emoción de cada nazareno, de cada cofrade. Ciudad Real, acompañada de sus cofrades, entre la plegaria que huye, como columna salomónica de aire que se pierde en el aire (¡qué difícil rezar vestido de nazareno!), y el acto poético que provocan tantos miles de ojos asombrados por razones tan subjetivas, tan extrañas al raciocinio en su manifestación externa, que son imposibles de explicar.

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