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sábado, 16 de julio de 2016

La ciudad y sus tiempos



Es el tiempo de la Virgen del Carmen, y el inmaculado de su mirada ha cuajado un cielo de ilusiones y ausencias sobre el siempre ansiado horizonte del aguardo. Para los creyentes, la intención última de las súplicas comenzará a pasear por la vereda de los labios al presentir la gracia de la Madre del Hijo de Dios gloriando los rincones de su barrio.
Y para esta ciudad... Para esta ciudad es una intimación con los duendes de la tradición, con las raíces de nuestros más hondos ritos, con la liturgia de nuestras tradiciones más rancias y así  atemperar los pellizcos de esa bocanada de nostalgias, esas que perfilan con encaje y bordados los sentidos al esbozarse la luna clara.
Dispondrá en blanco las alforjas de las leyendas para que la añoranza rotule  con arrullos aquello que hallarán los nuestros cuando los años se revistan de recuerdos tiznados de historias contadas al amparo, siempre a su amparo de Madre de la Divina Gracia.

lunes, 11 de julio de 2016

Carmen eterno...



 Siempre con Ella, siempre a su amparo y bajo su protección, fue de Su mano durante muchos años, encendida su vela, descalzos sus pies alumbrando la tradición, transmitiendo la creencia, acercando la liturgia de los más rancios y enraizados ritos e iluminando la fe, nuestra fe, su fe… no se aferraba a una vara, ni era devota de rezo fácil ante todos y por todos conocida. Acompañaba de promesa a su Virgen del Carmen cuando julio mediaba y traía tañidos de novena y aromas de verbena antigua y siempre florecía. Ella no era cofrade, le bastaba con ser devota de la que en casa era la Virgen, la más grande, la más rezada, la más querida, la más presente.
Zarandeada día a día por aquella dura vida en muchos carices, cada 16 de julio, a la caída de la tarde, acompañaba a su Virgen por las calles que circundaban la collación del Carmen.
La seguía sin saber del estreno que ese año realizaba la hermandad.
La seguía sin conocer como progresaba el nuevo paso o el cincelado de su corona.
La seguía sin darse cuenta de que el exorno floral era distinto ese año.
La seguía sin notar como perfumaba el incienso. La seguía como tantas y tantas personas la siguen sin ser cofrades.
Hace muchos años que ya no la puede seguir por esas añejas callejuelas repletas de tradiciones y súplicas de auténtica fe cargadas, pero estoy convencido de que aún ahora, si ella no nos guiara desde esa gloria por todos soñada no habría sido posible que viviéramos tantos años sin poder apartarnos del escapulario bendito que desciende de Sus manos.

viernes, 8 de julio de 2016

Los gozos, las dichas y sus sombras...



Cada cual, cada uno, porta remendado en algún recoveco de su añoranza uno por uno los deleites, los gozos, las dichas, las vivencias y recuerdos que de la vida ha ido heredando, ha ido saboreando o puramente ha ido anhelando para hacerlos verdad palpable e innegable en un no muy alejado día.
Aparecen de relance aquellos de los que al hacer memoria, nuestros sentidos se ensombrecen, los ojos desean cerrarse y los soniquetes que esbozamos al susurrarlos están salpicados de alegría y regocijo…
 Los hay tan hirientes que cuando paseamos por la magullada herida de su cuita, hasta nos hace daño el infecto veneno que revestían  sus entrañas.
Y los hay que traen hilvanados en su pulcra esencia el paladeo de una fresca realidad…
Sin duda otros se encaminan a extraviarse en la gloria de las ausencias y con una adecuada brazada de ellos uno consigue arrasar la muralla más invulnerable e inexpugnable… 

Y están los que se quedan a tu lado, y de qué manera, ya que son el paradigma de lo que todos precisamos presentir cuando menos en una ocasión en la vida, otra vez cada semana y una vez cada anochecida.
Van siempre con nosotros, percibimos su incomparable encanto desde el inicio de nuestra vida y son el regazo  más sublime cuando ya no brotan más lágrimas que enjugar y todo parece perdido.
 Y es que cuando te avecinas a Ella, te recreas en su gracia, y sigues el cauce que cada lágrima deja en su cara, descubres que el torrente de las duquelas y las ansiedades se amansan y tomas en consideración que ya nada malo puede acontecer.
La cercanía a Ella abriga el arte de acariciarte las entrañas de dentro a fuera y rozarte la piel desde lo más hondo de tus adentros…Es un pellizquito de gracia, de humanidad, de una transmisión de fe eterna…No importa la juventud, la mocedad, la plenitud, la infancia, la niñez…Lo agotado que regreses al hogar o los apremios que la manecilla del reloj siga acaparando en su jaula frágil y cristalina…La cercanía a la Madre es inmejorable en el devenir del tiempo, es exageradamente perfecta, es la certidumbre categórica de que solo Ella es depositaria de nuestra vida entera.

¿Habrá gloria y certeza más cierta que tener en la tierra a La que Dios creó como Madre perfecta?