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jueves, 30 de octubre de 2014

En la intimidad...

De un tiempo a este parte, ando inquieto por mis sentires. Son incontables las preguntas sobre el sentido de mis más entrañables devociones, y pocas las respuestas, tan pocas que no ceso de meditar, tan baladíes que no me dejan sosegar mis latidos. A estas horas, hoy por hoy, he esbozado en mis adentros y de mil maneras distintas esa imagen que serene mi ferviente sentir, y al presente lo único que me alivia es vagar por la ciudad al desplomarse el sol y anhelar como nuevo amanecer y faro el brillo de sus inundados fanales de lágrimas, al aliento de una pausada y aromada de su belleza, ráfaga de aire.
De esta guisa a Ella confío mis huellas y mis sendas mustias al amparo de un ocaso de pátinas amarillentas, con el convencimiento de que se ha tornado en el puntal de salvación al que amarro la soga de mis piedades desde hace algunos años ya, tantos como gotas de manantial resbalan por su afligida cara, teniendo siempre presente que me puede guiar donde Ella desee, estipule o disponga,  y, últimamente siempre me detiene, aunque solo sea un instante, ante su casa, su estancia repleta de ángeles. Una vez allí, voy al encuentro de la quietud de su augusta presencia, ante la cual solo se susurrar una humilde y callada plegaria, rozo sus dedos para percibir el calor de su sagrada piel, aferro con ansia el rumor de sus decires para continuar percibiendo su tristeza de lejos… Y al marcharme de aquel retazo de cielo, me echo al hombro el hatillo de mis más hondas devociones repleto de calma y tranquilidad, y hasta las importunas tribulaciones se alivian ante su imagen, rodeada siempre de un halo visible de querubines que guardan con amoroso celo nuestra fuente inagotable de Salud.
Sin duda no hay como estos momentos íntimos, solos Ella y yo, tú y Ella, para poder sentir su fuerza, su grandeza en toda su plenitud, y me sirve para darme cuenta de que está omnipresente en mi boca, y en mi boca es donde Ella continúa haciéndose presente. Es un modo personal, íntimo de buscarla, de requerir su auxilio, de tender mi mano para que pueda asirme a la ternura maternal de su brazo. ¿O es que alguno de nosotros no hemos rezado ante la belleza sagrada de una imagen, o no hemos puesto en manos de un perfil de la Madre de Dios cincelada en una medalla todas nuestros pesares y amargas duquelas? ¿Cuántos de los que aquí estamos no rogamos a cualquier conocido, amigo, vecino, que si transita, aunque solo sea próximo a donde este Ella pida por nosotros?… y es que muchas veces los ánimos nos abandonan para seguir teniendo algo de fe, de convicción, de esperanza. ¿Cuántos de nosotros no precisamos vislumbrar para creer, exigimos palpar para conmovernos, necesitamos percibir para entender?
Creo firmemente y sé que el auténtico Dios está en el centro de lo más íntimo de nuestras iglesias, resplandeciendo en el Sagrario y no en un grabado sobrepuesto en la cerámica que aguanta humedad en invierno y se ensancha al retornar el verano. Muchos desearán y me insinuarán que vaya a descubrir a Dios donde justamente ellos lo desconocen. Numerosos serán los que callen cuando les escriba que no preciso tenerlo delante para que se haga presencia viva en mí,… y es que profeso la fe en ese Dios que constantemente y cada vez que he ido a buscarlo me ha despejado y abierto de par en par los postigos de sus oídos sin ostentar una sola traba, sin clausurar ninguna puerta, sin fijarme ningún horario. Tal y como en tiempos difíciles me confiaba al crucifijo sin rostro que dormía sobre un cabecero de alcoba, oratorio íntimo, hogareño, de ya lejanos y añorados tiempos; como cuando no se encuentra el norte y bajo su mirada de Salud cautiva hacia la luz de la salvación te guía; o como cada noche hago cuando beso su estampa, Señora de la Salud, suplicando salud para los míos… Orar celadamente, ¿tú no lo has practicado tan solo una vez? Te sugiero que cada día musites oraciones con Ella, en la intimidad de la soledad.

lunes, 27 de octubre de 2014

El sentido de la túnica, la verdad del nazareno

Y cuando yo, cada año, cumpliendo el añejo y sentido rito, siento sobre mi cuerpo el tafetán púrpura de basto paño, vuelvo a encontrarme niño y escucho su aterciopelada, cansada y maternal voz diciéndome que esa dignidad nazarena, estirpe y sudario, me la da mi ciudad y por ende mi cofradía para devolverle la alegría a mi corazón, y para comprender que al vestirla dignamente me voy salvando de caer desangrado y roto. Porque ahí dentro, en la negrura de cada Martes del Señor, uno se encuentra con la verdad y todo lo que perdimos resucita. Que así es y así nos parece el milagro de la ciudad en cada primavera. Una fiesta inmensa del espíritu vivo de Dios que lleva dentro cada cofrade, cada ciudadrealeño. Vosotros y yo lo sabemos.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Momentos




Y en aquel momento, en lo más íntimo del sentimiento, celado y pulcro, recién salido del encuentro con los sentires de nuestras devociones únicas, llegamos a la conclusión de que preferimos, muchas veces, los momentos hondos, penetrantes, como vivencia más sosegada, placentera y pausada de todas nuestras cosas. Momentos son... esa mañana fresquita y refulgente, radiante, azul aun de invierno, que adivina como a lo lejos se aproxima la cruz con manguilla que precede a una imagen de María en rosario de dormidos albores. Son los días del preludio de la primavera. Momentos son, el memorial de intimidades susurradas en el encuentro del Domingo de Pasión, Ramos adelantados en las manos de una Madre de Misericordia plena y en los pies benditos de su Hijo Nazareno. Tarde de jardines verbales, de presentido y esperado Pregón, del nervio y la caricia, del pellizco y el aldabonazo. Momentos de, túnica colgada ya fuera del altillo, olor a esparto por las habitaciones, o el del encuentro con el amigo que trae su capirote nuevo ya forrado con el antifaz. Momentos… que se adelantan en el tiempo en la medida que uno sienta necesidad de vivir, palpar el futuro como algo actual, cuando aquel "todavía no" toma presencia de categoría vital que casi sustituye al "ya sí", con la diferencia de que no se te escapa.Todas estas disquisiciones se me ocurren en el propio momento. Pero que verdad es que nada hay como el momento real y verdadero. Nada como el momento mismo del encuentro, de la vivencia. Un instante que vale bien su brevedad: la saeta sorda de cualquier mirada perdida entre varales; el balanceo de un simpecado; la rotunda palabra de un friso de lirios; la voz seca y recia del capataz; la alargada sombra de una Cruz de Guía; la mirada de un nazareno; el ímpetu formidable de una levantá; del cansancio del penitente que llora la brevedad de su encuentro con Dios. Un intemporal viaje a la Gloria de los ojos de la Madre, en cualquier esquina, en cualquier momento, con el sonido de fondo de una marcha que suena celeste; de la sombra de Jesús Nazareno abrazando mi propia sombra, en el encuentro tan anhelado en un trecho embaldosado de su camino de la Cruz, por la Vía Dolorosa hacia el Gólgota ciudadrealeño.

 Porque hay un encuentro con Dios todo el año y como no, en Semana Santa. Un encuentro único, exclusivo, personal como el Amor de Dios a cada uno. Y este encuentro sí que no tiene víspera, ni momento, ni final, puede vivirse permanentemente, desde que descubrimos cada cual que el  Señor nos llama, nos está esperando, y aguarda nuestra respuesta.

martes, 21 de octubre de 2014

Al compás de la palabra

Y es que los pregones se hacen con el alma, con las entrañas, con el soplo de Dios a tus espaldas, y… en la soledad del atril se convierten en profunda oración a los cuatro vientos proclamada. Y eso, el pregonero lo sabe. Sabe del desierto en los folios y sabe de lo efímero de sus letras y de lo fugaz de sus palabras. No escribe para ir arropado como el que el que va en una bulla en la tarde de un Domingo Cautivo de sus manos... Yo, lo veo así, llámenme duro, o franco... Como quieran. Pero no se escribe para sentirte arropado. Se escribe para desnudar tu corazón, añejo de recuerdos, vivencias y fervores cofradieros heredados y para dejarse uno la piel por la causa. Por la fe. Por nuestras costumbres y nuestra idiosincrasia.

jueves, 16 de octubre de 2014

La exquisitez del Carmelo

Contados son los acontecimientos que se revisten de una amable sencillez, y pocos, muy pocos como el modesto ámbito que se matiza al entrar al Sacro Convento Carmelita. Hoy la luz plomiza tenía una cita con la historia para vestirse de parda estameña. El delicado parpadeo de las miradas enclaustradas tras la celosía de la dulce clausura  empiezan a arrullar los cantos que navegan en el aire añejo que envuelve al vetusto templo.
Y esa atmósfera cálida, que aferra fervores en los rincones del monasterio, se va dulcificando con las huellas de los siglos que viven dentro de los muros del balsámico retiro, clausura con olor a  otros tiempos. Bien se sabe que  el Carmen, sus convecinos, sus hogares, perduran al resguardo de la raigambre de un rancio convento y los vestigios esculpidos en las piedras de sus recovecos Teresianos, acentuados estos por las reminiscencias rociadas de tradiciones de incomparables y ya gastados tiempos.
Y… es que, si simple es el espacio que se esboza dentro de este sin par universo de ascetismo y oración callada, exageradamente más claro debería ser sentir esas señales que a menudo nos revela - eternamente a su modo -, esa Madre a la que malamente requerimos y muy raramente oramos,  pero que siempre está ahí.
La Madre, Doctora que alivia nuestras aflicciones en el Carmen, -la que resguarda los ensueños, nuestros sueños-, arrulla todos los días del año sus Penas, abrigando una imagen de gubias celestiales y relentes que azotan su destino,… y Ella es la única que puede intensificar el sendero de su Palabra.
Como se puede apreciar  existe todo un universo de simples e indescifrables contrastes, sin más… Diferencias al fin y al cabo. Y cuando las horas vuelen, los días corran y los meses se sucedan vestidos de desidias, volveremos la mirada sobre nuestros hombros y añoraremos ese ocaso melancólico de Octubre en el claustro del Carmen, en el que una Mujer menuda –sentada frente a una mesa gastada de amor, con sabor a pureza y oración-, suspiró por transmitirnos que su magnificencia se encierra en el cielo callado de sus manos ligadas al roce de una pluma y a la caricia suave de un papel por escribir; en la súplica tierna de una multitud que muchas veces camina dándole la espalda, y en una plaza con autentico pasado que hunde sus recuerdos hasta las mismas entrañas de una ciudad que de nada se apiada, y es que al llegar aquella tarde con las puertas del templo abiertas de par en par proclamando la luz y la grandeza del Carmelo, esa Mujer menuda dejo escapar más de una inmaculada lágrima al saberse transmisora de un legado de amor y oración como meta de nuestros sueños, como entrada al soñado reino de los cielos.

jueves, 9 de octubre de 2014

La grandeza de nuestras pasiones

Abrazando el embrujo de nuestras devociones como si fuera la divina cruz a la que con infinito poder se aferra para salvarnos, nuestra existencia acontece tan apresuradamente como el agua de la reguera en busca de su suerte final… mientras, removemos las láminas de nuestras más íntimas adoraciones, evocaciones en cuartillas de papel desgastado con las que levantar un templete con claras reminiscencias a protecciones rogadas y conferidas. He detenido mi recorrido sentimental ante la imagen de sus más rancios y venerados fervores, que es el trastero de mi pensamiento, y ahora, no sé resurgir de la negrura de los sollozos. No me hago a faltar a esa oración que roza tu talón desgastado de tanta fe, donde cincelaste los pasos de mi credo con las pisadas sobre tu calvario al andar. Ya no hiede al gélido de tu templo. Ni se oye el rezo quedo, sordo de tus hermanos mientras hermosean tu poderosa e inigualable presencia. Ni mis pasos retumban tan íntimo. Cuando me descubro ante el ejemplo de tu sufriente y resignada Cara, sólo puedo vislumbrar mi confesión, mi propósito de enmienda y mi penitencia… y, a que ocultarlo, mi Salud, y mi Amor, y mis Penas. Y mi Gran Poder, que eres Tú.
Te extraño tanto en la liturgia de la media luz... a solas, mientras, el frío y el albor que está por llegar sacuden las almas y despiertan nuestras más enraizadas y emotivas rogativas, me reconforta desenterrar que yo sin más, he alcanzado a soportar un ascua fugaz por el mismo trayecto por el que Tú fuiste llevando día a día todas mis suplicas y cansadas cruces. No me veo en el reflejo de mi oscuro espejo, no me alumbra la luz de tu escondida y sin par mirada, claridad en mi enlutada historia. Pero pronto una túnica de tafetán cárdeno en la plaza, volverá a perdonar mis pecados. Y me consolara en esta vida y en su muerte, dejando mi devoción a la intemperie.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Nuevo curso cofrade en la hermandad de Las Penas

El próximo viernes día 10 de octubre, festividad de Santo Tomas de Villanueva, la parroquia del mismo nombre que el santo que naciera allá por 1486 en el pueblo ciudadrealeño de Fuenllana, inicia un nuevo curso pastoral, para esta efemérides las hermandades con sede canónica en dicha parroquia están convocadas a la Eucaristía que se celebrara a las 19:00h.
De la misma forma la hermandad de Las Penas, al termino de las misa de las 19:00h del día siguiente, el sábado día 11 de octubre, procederá a la jura de cargos de la nueva junta de gobierno ante la imagen sagrada del señor de las Penas, a la quedan invitados todos los hermanos de esta hermandad.

martes, 7 de octubre de 2014

La gloria perchelera

Soñar con su presencia en la calle... yo sigo buscándola todos los días del año…para volver a musitar compases de ensueño... y es que cada vez estoy más convencido que el encontrarse con Ella cara a cara es soñar sin estar dormido. Por eso me gustó siempre, para recrear mis sentidos y hacer más dilatada su presencia, situarme en los lugares más amplios, para verla venir de lejos e ir adivinándola poco a poco. Para averiguar alguna vez de dónde viene y a dónde va. Si realmente es cierto que salió al filo del ocaso de un barrio auténtico de la ciudad o, tal y como yo pienso, abandona por unas horas ese lugar desconocido del que tan poco sabemos los mortales y el que tan sólo su nombre puede descubrírnoslo algún día...Y a verla pasar acudimos en una noche, la de su día, la de su Viernes, la noche de su barrio, la noche de sus Dolores, entre el ambiente único de una bulla única por las Terreras, donde entre pregones callejeros, marchas tarareadas, oleajes de cofrades y devotos y un bosque de miradas, que buscan cruzar con Ella una plegaria y que nos hacen ponernos de puntillas una y otra vez, la vemos al fin llegar... La sensibilidad de su gente puso música a ese momento. Y es que ese momento no se puede acompañar de otra manera.
Llega la Madre de los Dolores y nuestros sentidos quedan invadidos por un extraño eco musical de aromas y colores, de una sensación de gozo incontenido que nos hace reír, llorar y emocionarnos a un tiempo y ganas irreprimibles de salir de nuevo a su encuentro para volver a mirarte en Ella.
Llega nuestra Virgen rebosante de Dolores y la ciudad, como aquel niño soñador de nuestra infancia, queda convencida de haber visto andar por sus calles a la mismísima Madre de Dios... Puede alguien dudarlo, mira cuando el paso de la Dolorosa, encendido en la noche, se levanta al martillo y la inercia del tirón, agachando la llamitas de sus velas, produce un apagón instantáneo que Ella aprovecha para entreabrir un instante sus ojos eternamente escondidos...


domingo, 5 de octubre de 2014

Frente a tu casa

Es en ese justo suspiro del tiempo, ese en el que la gracia de Dios pellizca con suspiros de una devoción que nos  rebosa el horizonte de nuestra vida,  cuando Ella se recoge en sus aposentos, buscando resguardo en su oratorio sagrado, entre el vecino tañido de las campanas, el  frío del mirador tantas veces rezado de su ventana o el reposo de algunas palomas agotadas de cruzar la bóveda celeste de su mirada; camarín entre bocacalles que guardan plegarias vespertinas o zaguanes enquistados de la sentida verdad de sus hijos que la alaban; oratorio entre arrebatos de fervores o corazones ceñidos a la soledad. En ellos, que frente a tu camarín su fe derraman se puede leer la historia de nuestra ciudad, esa que se escribe con el agua que un día regó el vergel de tu Prado, la que se escribe con la sangre de los negados, con los besos que en tu mirador quedan salpicados, con los sueños de los impulsivos; en ellos se descifran nuestras tradiciones, nuestras leyendas, esas que trazaron nuestros mayores y los de estos, antepasados que forjaron una fe que les amparaba en sus mil batallas, esas que se quedaron a dormitar en los escudos de piedra en contra de los tiempos, esas que el tiempo modela con los años. En ellos se puede reconocer el arte, esa gallardía que el universo quisiera para sí cada vez que la melodía de tus campanillas desgarra en quejíos los envidias y recelos de la luna al asomarse y ver tu cara tan pura.